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Mensaje político Nº 256

02-02-07

 

Serie: Han convocado a los espíritus. ¿Sabrán conducirlos?

 

Nota VI:

Perón siempre les tendió una mano amiga

Primera parte

 

Por Juan Gabriel Labaké

jglabake@telered.com.ar

 

Mucho se ha dicho y escrito, por parte de algunos historiadores y políticos desafectos a Perón (digamos medios gorilas, o gorilas del todo), que el General traicionó a los montoneros y, una vez usados para acceder al poder, los tiró a la basura como limón exprimido.

Sin embargo, los datos de la realidad indican todo lo contrario. Ya hemos demostrado que tanto Perón como los montoneros se conocían mutuamente a la perfección. El Viejo, que no era ni tonto ni ciego ni sordo, conocía la verdadera ideología y las aspiraciones hegemónicas de los “montos” (que incluían el infantil designio  de reemplazarlo a él por Firmenich). Y los montoneros proclamaban ante quienes quisieran escucharlos sus diferencias ideológicas con Perón y su ansiosa urgencia de sentar a uno de ellos en la conducción del Movimiento en el lugar del Viejo.

Además, los mismos datos de la realidad demuestran, sin ningún lugar a dudas, que Perón quería disciplinar a la conducción montonera y alejar a esos muchachos de las armas para que se integraran al trabajo constructivo en democracia, pero no echarlos del Movimiento.

Pruebas sobran.

 

1.- El caso Galimberti

Miguel Bonasso es, sin dudas, uno de los autores que más odio destilan contra Perón en sus escritos. En un rapto de “peronofobia” (por no decir gorilismo) exacerbada, llegó a escribir ese voluminoso libro de más de 600 páginas (“El presidente que no fue”) con dos obsesivos e inocultables propósitos:

·         denigrar al General: “viejo de mierda”, “ambicioso”, “envidioso de  Cámpora”, son las palabras más “cariñosas”.

·         demostrar la cuadratura del círculo: “que en 1973, el líder que reclamaba el pueblo argentino y que tenía derecho prioritario a encabezar el Movimiento Nacional, no era Perón, sino… Cámpora”, y que “Perón, sólo por ser un viejo envidioso, lo obligó a Cámpora a renunciar para ocupar su lugar”.

Sin embargo, ese visceral y casi cómico enemigo de Perón se ve obligado a reconocer (pág. 433) que el General tuvo un gesto paternal hacia Galimberti y Abal Medina, en un momento clave.

Como se recordará, Galimberti, como Secretario Nacional de la Juventud Peronista designado por Perón, proclamó en marzo de 1973, infantil e irresponsablemente, que debíamos crear milicias populares armadas. Por si habían quedado algunas dudas, apenas triunfamos en la segunda vuelta, y mientras los militares seguían debatiendo la entrega o no del poder, Galimberti reiteró su peregrina propuesta.

Abal Medina, por su lado, como secretario general del Movimiento, había digitado, con alguna “trampita”, las candidaturas a senador por la Capital Federal: inventó una inexistente renuncia de Jesús Porto (llegó a “leerla” ante el Congreso Partidaria Metropolitano), que era el auténtico candidato elegido estatutariamente, y lo reemplazó en forma alevosa por Marcelo Sánchez Sorondo. Marcelo era el maestro y virtual padre político-periodístico de Juan Manuel, desde los tiempos del periódico “Azul y Blanco”, del cual el maestro era el director propietario, y el alumno,  secretario de redacción.

Sánchez Sorondo tenía fama, estimo que injustificada, de ser anti-judío y pro-nazi, fama que nacía por ser hijo de Matías Sánchez Sorondo, uno de los asesores del general Uriburu en el golpe de 1930, y él, sí, de ideas al menos “filonazi”. Con un electorado porteño, en el que pesaban apreciablemente los casi 400.000 judíos que vivían en ese entonces en la Capital, el cambio era suicida. Y lo fue. Perdimos el segundo senador por la Ciudad de Buenos Aires en la segunda vuelta. Triunfó, gracias al error de Juan Manuel, el candidato radical Fernando De La Rúa, un cordobés bastante desconocido y opaco hasta ese momento. Los memoriosos, que recuerdan cómo Abal Medina lo hizo grande a De La Rúa, jamás le han perdonado a Juan Manuel esa “trampita”.

Pocos días después de la segunda vuelta electoral de abril, el General llamó a Madrid a su plana mayor: Cámpora, Abal Medina, Galimberti y algunos más. Con la cara que es de suponer por las dos “metidas de pata” de los jóvenes dirigentes, el Viejo los reprendió, siempre como un padre, pero como un padre enojado, y pidió la renuncia de Galimberti.

Con Juan Manuel se pueden tener muchas disidencias ideológicas y políticas, pero nadie puede desconocer su línea de conducta sin fisuras. Al día siguiente elevó su renuncia como secretario general del Movimiento a Perón, en un sobre cerrado que entregó a Cámpora, y éste al General. El Viejo lo llamó poco después, le entregó el sobre aún cerrado, y le pidió que se quedara porque “el asunto no era contra él”. A continuación, Perón le explicó “que Galimberti debía salir de la conducción para no entorpecer un gobierno de unidad nacional, pero que se lo debía tener en cuenta en la reorganización del Movimiento” (Bonasso, pág. 433).

Sólo un resentido muy sectario y obnubilado por el rencor puede seguir afirmando, luego de conocer ese gesto paternal del General, que Perón odiaba a los montoneros y que fue él quien ordenó su exterminio físico.

 

2.- Una revolución con fusiles y sin diputados

El mismo Bonasso (pág-332) se queja del infantilismo de la conducción montonera que,  mientras se “cocinaban” las listas de candidatos, no quería aceptar las bancas parlamentarias que se les ofrecían. Es decir, nadie los corrió, ni Perón les negó su lugar.  Ellos mismos, alucinados por los fusiles, despreciaron las bancas.

Recuerdo bien que el General dispuso que, de la “vieja” división tripartita de candidaturas y cargos partidarios (partes iguales para las tres “ramas”: política, femenina y gremial) se pasara a una cuatripartita, agregando justamente la cuarta rama, que era la juvenil. De ese modo, la indicación precisa fue que las candidaturas se distribuyeran a razón del 25% para  cada  “rama”. Bonasso nos informa, ahora, que esa proporción no se alcanzó respecto de la Juventud Peronista, sólo por el revolucionarismo infantil de la conducción montonera:

 “En esos días, Beto, el Canca y otros “jetones” como “el Perejil” Leonardo Bettanin…discutían sobre posibles candidatos de la Rama… (en esos casos) no faltaba el ‘oscuro’ que, mitad en broma y mitad en serio, deslizaba la sospecha de que el compañero se estaba convirtiendo en “burócrata” y podía estar acariciando, incluso, la idea abominable de ser diputado”.

Luego dirían (Bonasso en primer lugar) que Perón programó y llevó adelante, desde el comienzo, una verdadera persecución contra ellos, que les negaba su legítimo lugar en el Movimiento, y otras fantasías por el estilo que les servían como pretexto para… no largar las amadas armas.

Digamos, de paso, que Amorín, en  la pág. 266 de su libro “Montoneros: la buena historia”, aclara que “Beto” es el ex dirigente montonero Juan Salinas. Y agrego yo: ese mismo Juan Salinas fue “becado” en 1997 por la sionista organización DAIA, para escribir el libro “AMIA: el atentado”, que sirvió de base fundamental para acusar falsa y maliciosamente de ese horrible crimen a los “árabes musulmanes”, entre ellos a mi defendido Kanoore Edul. ¡Viene de lejos el muchacho! Es que el terrorismo, el verdadero, no el que nos “vende” la historia oficial difundida por la prensa “oficializada” gracias a una montaña de dólares, o de Banelcos en pesos, tiene razones que la razón no entiende… y tiene orígenes inconfesables e impensables.

 

3.- Una oferta nunca transmitida

Según relata el citado ex montonero José Amorín (pág. 246):

“En abril de 1973 (es decir luego de que el General defenestró a Galimberti por su disparatada propuesta de crear milicias populares), Perdía, Quieto y Firmenich se reunieron con Perón en Madrid. Al respecto, Perdía escribió:

“Perón destaco que los próximos cuatro años debíamos utilizarlos para aprender a gobernar y asegurar un eficaz trasvasamiento en el Movimiento y en el país. Manifestó que asumía la responsabilidad de asegurar que, progresivamente, se nos fueran asignando crecientes responsabilidades. Argumentó sobre la necesidad de avanzar en la organización popular y (…) veía en las tareas de promoción social una manera eficaz para darle continuidad a nuestra organización. (…) El general Perón le manifestó en esa oportunidad (a Bidegain) la conveniencia de integrar a su próximo gabinete a algunos muchachos de la Juventud Peronista para que se fueran acostumbrando a gobernar”.

Amorín reconoce que al sugerirles que se hicieran “cargo del trabajo social”, Perón les estaba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social el cual, en las propias palabras de Amorín, ante nuestro rechazo, quedo en manos de Lopez Rega”. (…)…”significaba, nada más ni nada menos, que fortalecer el crecimiento de nuestra Organización en las bases peronistas y, con ello, darnos una autentica posibilidad de lograr, en cuatro años, la hegemonía política del movimiento peronista. Nos heredaba el Movimiento, nos ofrecía el futuro porque, digámoslo de una buena vez, el presente era él,  el propio Perón”.

Aunque parezca mentira, y siempre según Amorín,

“la conducción nacional de Montoneros jamás informo a sus cuadros de esa oferta”.

Perdía y Amorín tienen razón: varias veces Perón les ofreció integrarse al Movimiento, porque quería que lo heredara “la juventud maravillosa”, pero sin las armas, sin tirar un viejo por la ventana cada mañana, sin apresuramientos infantiles, sin ínfulas de hegemonía. Es decir, que primero "se hicieran" peronistas...

Es que la conducción montonera ya había decidido transformarse en un partido leninista, con una organización interna férreamente dictatorial, y por ello consolidó su estructura militar aún después de nuestro triunfo electoral del 11-03-73.

Esa increíble ceguera de la conducción de Montoneros, que despreció la herencia pacífica para abrazar la guerra suicida y transformarse en un partido de tipo leninista, está relatada por Amorín en numerosas páginas del libro citado.

La sinceridad y la capacidad de análisis de Amorín nos ha permitido conocer la base fundamental de la tragedia que sobrevino: los montoneros nunca fueron peronistas; desde su nacimiento sostuvieron una posición ideológica distinta a la del General, y siempre, por las razones que expuse en las notas anteriores, entre la sangre y el tiempo optaron por la sangre, mientras que Perón prefirió  el tiempo (salvo cuando sus enemigos no le dejaron otro camino).

 

Buenos Aires 2 de febrero de 2007.

Juan Gabriel Labaké

 

Nota Importante

Por ser de especial interés para todos, envío el texto del artículo 1º del Decreto Nº 1.800, dictado por la presidente Isabel Perón el 7-7-75, y publicado en el  Boletín Oficial del 17 del mismo mes:

 

“Toda vez que en la ejecución de operaciones militares antisubversivas, la autoridad militar deba poner a disposición del magistrado federal competente a una persona o a elementos secuestrados, como consecuencia de dichas operaciones, lo hará acompañando las actuaciones que en el orden militar deberán labrase con tal motivo, juntamente con las piezas probatorias, si las hubiere”.

 

Es decir, los militares no solo debían poner los prisioneros a disposición del juez, sino que se les exigía justificar debidamente cada detención.

Espero que, después de la difusión del Decreto 1.800/75, ningún juez “distraído”, ni ningún funcionario “setentista” resentido, insista en culpar a Isabel por los excesos cometidos por las FFAA en la represión de la subversión terrorista durante nuestro gobierno constitucional. Lo que hicieron los genocidas después del 24-3-76 es ya responsabilidad exclusiva de ellos… aunque también de los que, consciente o inconscientemente, desde la “derecha” y desde la “izquierda”, les hicieron el caldo gordo para que perpetraran ese cuartelazo criminal y fatídico.

 

Próxima nota: Perón siempre les tendió una mano amiga – Segunda y última  parte.

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