Búsqueda personalizada

“Aunque no soy partidario de las irreversibilidades absolutas, debo reconocer que, si dicha conclusión es correcta, el ¡Ay de nosotros! de mi compadre puede constituirse en expresión de una inmensa cantidad de compañeros, poseedores de un profundo fervor nacional. Fervor que, desgraciadamente, ya no fluye de un  justicialismo hoy temiblemente menemizado”.

 

¿Menemización del justicialismo?

 

Por Francisco José Pestanha

fpestanha@arnet.com.ar

 

 

            Se ha dicho con acierto que nuestra América es una cultura en busca de una política, y a esa política la tenemos que inventar,  pues si no la inventamos, morimos”.                                                                                                ALBERTO BUELA                                                                     

 

             ¡Ay de nosotros! concluyó mi entrañable compañero, dando por finalizada así otra de las tantas jornadas, en las que los bares de Buenos Aires, son mudos testigos de las pasiones porteñas. Esa exclamación, que por su sonoridad, alcanzó a conmover a una candorosa muchacha sentada a la mesa contigua, fue tal vez la síntesis conclusiva de un interesante debate sobre últimas décadas del justicialismo, y sobre las perspectivas a futuro.

 

Todo se inició aquella soleada tarde, cuando al iniciar el coloquio, le revelé a mi interlocutor que me encontraba releyendo algunos textos de Arturo Jauretche,  y que en particular,  que me había concentrado en la  memorable carta al Dr. Abalos, donde don Arturo entre otros conceptos, le describió a su conmilitón cómo él y su grupo, habían “visto lo que iba a ocurrir”, cómo en consecuencia se propusieron “crear un cauce” o “un substitutivo”,  y cómo para tal fin,  diseñaron ese inagotable semillero de ideas y de esperanzas que denominaron FORJA. 

 

 Así, mientras el partido radical se “Alverizaba” día a día, y abandonaba paulatinamente su misión histórica hasta convertirse en una estructura partidocrática, decididamente funcional al sistema colonial, Jauretche  y los suyos, alejados ya de la actividad partidaria y conscientes de los riesgos que ello implicaba, empezaron, talleres y conferencias mediante, a delimitar un nuevo cauce, para que la joven y pujante Argentina que comenzaba las acciones de sublevación,  pudiera demoler a la otra, “conservadora”,  que quería que nada ocurra, y en la cuál estaba ya  incluido el radicalismo de la época.

 

Mi compañero y yo, iniciamos así el debate,  rememorando ciertos episodios de aquella fase histórica, y no sin lamentar que no existan todavía ensayos profundos sobre ese interesante y desgraciado fenómeno de conversión, que privó al partido centenario de su sentido histórico.

 

Seguidamente, y tal vez a causa de esos misterios aún no revelados de la actividad psíquica, comenzamos a realizar un ejercicio comparativo entre aquel fenómeno, con el operado en el partido justicialista durante estas últimas décadas.

 

Para aportar a dicho ejercicio, traje a colación un texto que escribí hace unos años en  que di en llamar “Las dos muertes del general”.  Allí, después de hacer mención a las funciones históricas del Yrigoyenismo y del Peronismo, sostuve - entre otras afirmaciones - que así como en el recordado 1 de julio de 1974 se operó la muerte física del general Perón, durante la segunda década infame (década de los ´90), se operó la muerte espiritual del peronismo, a partir de la puesta, del Partido Justicialista, al servicio al  régimen colonial.

 

Al hacer referencia al término “régimen” tan utilizado por Jauretche en sus obras, me vi en la obligación de definirlo, aclarando que tal desafío por su complejidad, excedía las posibilidades de ese diálogo, y esperando que mi colega, se contentara con aquella idea que vincula dicha noción a la articulación entre un determinado orden material y un orden simbólico.

 

En tal sentido nuestro polemista cuando enunciaba tal concepto, lo hacía para referirse a una situación colonial de la época, que implicaba la siniestra articulación entre un orden material agro – exportador y financiero concentrado, dependiente en ese entonces del imperio Británico, y a un orden simbólico, caracterizado por la preeminencia del liberal individualismo filosófico y la “democracia formal” basada en el consenso. 

 

Dicho régimen “colonial”, que aún desgraciadamente persiste, y que cobró inusitada fortaleza durante la década del noventa, encuentra su contraste en el “nacional”, caracterizado por la articulación un orden material productivo - sustitutivo – distributivo y autónomo, y  orden simbólico, sustentado en una filosofía de base comunitaria, y en la noción democracia material, tan magistralmente definida por Alberto Buela, como aquella que recepta la acclamatio.

 

Respecto a esta particular cuestión, es decir, a la contraposición entre el régimen colonial y el nacional,  café de por medio,  giraron los diálogos posteriores.

 

Así, y en lo que respecta a la construcción política, coincidimos ambos en que la denominada democracia formal de base consensual que acompaña en iberoamérica al régimen colonial, constituye esencialmente un proceso de “selección de dirigentes”, mientras que la democracia real implica un verdadero sistema de legitimación de liderazgos y de decisiones. Además, concordamos,  que mientras la primera, presupone la existencia de partidos políticos que garantizan la competencia entre aspirantes a dirigentes, que la construcción del poder se basa en el consenso, y que actualmente, implica un mecanismo de profesionalización política, para la democracia material, los partidos políticos, son solo herramientas electorales para el acceso al poder de un movimiento más abarcativo, que a la profesionalización se le opone la formación vinculada a un determinado ideario, y como se ha dicho, la construcción de poder se basa en la acclamatio, especie de democracia directa de tradición grecolatina que encuentra también profundas raíces en la América precolonial ( Ej. Movilización 17 de octubre).

 

La conversación naturalmente nos fue conduciendo hacia la situación del Partido Justicialista.  En ese sentido, y mas allá que su conductor Juan  D. Perón, siempre concibió a la estructura partidaria como una herramienta electoral funcional al movimiento liberador, por aplicación de los conceptos precedentes y siguiendo la enseñanza histórica, pudimos dar cuenta que el “partido justicialista” ha sufrido un proceso de “menemización” a la usanza de aquel fenómeno que dio en llamarse  “Alverización” del radicalismo.

 

Así, la menemizacion del justicialismo, no solamente implica el vaciamiento ideológico del partido, hecho que sin duda alguna ha sucedido, sino también, y lo que resulta más grave aún, se ha sustituido el modo tradicional - nacional de construcción de legitimidades por un proceso de consenso formal, a la usanza de la partidocracia liberal. La menemizacion del peronismo de esta forma, implica la conversión del partido justicialista, otrora instrumento electoral del movimiento nacional, en una herramienta funcional al régimen colonial.

 

Siguiendo esta línea de razonamiento, el gran interrogante que nos planteamos aquella tarde es si resulta posible que los mismos dirigentes que por mas de 20 años integraron y compusieron un sistema lógico contrapuesto a aquel que le dio sentido histórico al justicialismo, puedan hoy constituirse en impulsores del cambio. Treinta años de experiencia colonial son difícilmente alterables, y mas aún, cuando el desarrollo evolutivo individual de gran parte de dirigentes les constituye un claro impedimento para “volver atrás”.  En ese sentido, cabe también la duda respecto a si el vaciamiento integral de la estructura partidaria, resulta reversible a fin de reinstalarla en un proceso liberador.

 

En lo que respecta al gobierno actual, y siguiendo los prudentes consejos de nuestros maestros, ambos reconocimos que merecía un tiempo de gracia. Coincidimos en esa oportunidad que ese tiempo ya ha transcurrido, y en primer lugar, compartimos la idea que ciertas veces, el presidente, parece encontrase prisionero de una permanente dialéctica entre discurso y acción.

 

Decisiones que en principio parecen orientadas hacia la recuperación de un claro sentido nacional, se van difuminando en el tiempo, y en apariencia, son absorbidas por la lógica imperante. El tiempo además, va mostrando un lamentable reagrupamiento de los sectores de la entrega, quienes acovachados desde el fin de la época menemista,  colocan permanentes obstáculos a cualquier experiencia con rasgos de autonomía.

 

Debimos reconocer que el esquema gubernativo cuenta con dos debilidades de origen. La primera, se vincula a la escasa legitimidad electoral, potenciada por la “renuncia histórica de Menem”, y la segunda, a la vigencia de una estructura  política sustentada aún en una profunda “lógica noventista”. A ello debe agregársele un elemento de análisis que mi compañero incorporó lucidamente al debate. Si bien la denominada generación de los ´70, fue justa consecuencia de la resistencia peronista, en sí misma, se constituyó en una progenie donde la idea de “revolución” cruzó todo su ideario expresivo y práctico. En un planeta donde  parecía operarse un profundo proceso de transformación, la cuestión nacional, muchas veces fue dejada de lado. 

 

De esta forma, si bien durante aquella década, hubo cierto espacio para la obra y la prédica de los pensadores nacionales, la idea de un mundo mutando universalmente con su impronta internacionalista, opacó esta tendencia, la que aunque brevemente retomada a comienzos de los ochenta, fue nuevamente condenada al silencio por los por los promotores de la globalización, bajo el mote de “anacrónica”.

 

El final de esa conversación quedó abierto, ya que no coincidimos en la respuesta sobre el interrogante planteado. La última parte de la polémica, giró esencialmente sobre la reversibilidad o irreversibilidad del proceso descripto, y sobre la capacidad del peronismo para volverse sobre si mismo.

 

El ¡Ay de nosotros! con el que inicié este artículo, fue la conclusión de un militante de profunda sensatez y compromiso, convencido firmemente en la imposibilidad que nuestra estructura partidaria, pueda retomar sus raíces y ponerse en función de un proyecto liberador.

 

Aunque no soy partidario de las irreversibilidades absolutas, debo reconocer que, si dicha conclusión es correcta, el ¡Ay de nosotros! de mi compadre puede constituirse en expresión de una inmensa cantidad de compañeros, poseedores de un profundo fervor nacional. Fervor que, desgraciadamente, ya no fluye de un  justicialismo hoy temiblemente menemizado.

 

* Se permite la reproducción citando la fuente.

 

Mapa del Sitio
Copyright © 1998-2007 - DS Tecnologia® manager@dstecnologia.com.ar