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Una nueva tendencia politica
Los que piensan por ellos

Los partidos, tradicionales ideólogos de las plataformas políticas, están siendo reemplazados por grupos generadores de ideas que impulsan sus propios modelos detrás de los candidatos

Por Pablo Mendelevich

Como muchos viejos edificios cercanos al Congreso, el que se levanta en Callao 25 -cuyo subsuelo, dicen, fue una de las sedes preparatorias de la Revolución Libertadora-, siempre se alquiló a organizaciones relacionadas con la inclinación social prevaleciente en el barrio, la política.
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No sorprende que los inquilinos del primer piso hayan cambiado de una época a otra. Lo notable ha sido la elocuencia de esos cambios. En los setenta, el primer piso estaba ocupado por los Montoneros. Pero en los noventa ya no se apoyaban ametralladoras sobre el escritorio principal sino los lentes de un político humanista, el democristiano Carlos Auyero, que había instalado allí una fundación destinada a mixturar la vida partidaria con el debate intelectual. Siempre consagrado a la política, el mismo piso ahora luce más moderno, impecable, sin vestigio partidario alguno. Si no fuera por el ruido que se cuela desde Callao de los colectivos 60, pasaría por un instituto de posgrado de una universidad californiana. O, quién sabe, por las oficinas de una apacible fundación de ayuda al Tercer Mundo con ventanas al Rin. Entre sobrios tabiques vidriados, con temperatura ideal y ambiente de concentración, se ve a dos docenas de jóvenes de ambos sexos, acaso en un rango de 22 a 32 años, sentados frente a computadoras. La mayoría son profesionales de ciencias sociales. Varios se graduaron en el país, se perfeccionaron en el exterior y volvieron. ¿Su tarea? Estudiar un problema de orden público -municipal, provincial o nacional, de salud, política fiscal o del área educativa- y hallarle una solución. Algo de eso augura el nombre del lugar, que no parece pensado para rimar en una tribuna proselitista: Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec).
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La metáfora no podía ser más perfecta: donde estaban los devotos de la "acción directa" (así se definía la guerrilla), entre las mismas paredes que luego se usaron para repensar la política desde ella misma, ahora hay un think tank . Es decir, una organización no gubernamental que aspira a abastecer de ideas a funcionarios públicos o prepara equipos para aplicarlas. ¿De cualquier color? ¿Gobierne quien gobierne? Se habla de ideas. En estos tiempos y lugares no está bien visto usar la palabra ideología. "Cuando el Cippec tiene que hacer un trabajo para resolver el problema de los turnos de madrugada de un hospital provincial -dice el director ejecutivo Nicolás Ducoté, master en políticas públicas de Harvard- no interesa si el gobernante con el que se trabaja es del PJ o de la UCR."
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Fuera del antecedente del Instituto Di Tella, de memorable perfil sociológico, en general los think tanks se dedicaron durante un buen tiempo sólo a la economía, materia a la que siempre se percibió como más técnica que política. Luego se extendieron hacia otros campos. El derrame ocurrió cuando se empezó a hablar de la reforma del Estado y floreció en consonancia con dos novedades. Una fue la aceptación corriente de que los grandes problemas argentinos no están restringidos a la economía. La otra, el desprestigio de los políticos y sus métodos.
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En rigor, quien busque dentro de los partidos oficinas así -materia gris con forma de gabinetes de estudio de soluciones aplicadas desde el Estado- probablemente se frustre. Los empobrecidos locales partidarios, escasos en computadoras, a menudo decorados con retratos escolares de Perón y Evita, de Yrigoyen, o incluso del presidente contemporáneo, por lo general dan reparo a quienes ejercitan la política en forma tradicional, forma más cercana a la empresa de persuadir a terceros que a la de instalar equipos ajenos a la estridencia y a la sonrisa impostada, de los que se encierran el tiempo que haga falta para sacar cuentas realistas sobre determinado aspecto de una gestión estatal inminente.
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Lealtad doctrinaria
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En un país que ignora quién lo va a gobernar dentro de pocas semanas, si algo predomina en la cara pública de los think tanks criollos -los más importantes son cerca de diez- es la reticencia a quedar pegados con una corriente partidaria. La Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL, nacida en 1964), por caso, podrá tener vasos comunicantes privilegiados con Ricardo López Murphy, pero está lejos de querer casarse con su antiguo economista devenido político y candidato presidencial, al que proveyó de equipo durante su fugaz paso por el Ministerio de Economía. Una cosa es lealtad doctrinaria y otra -nunca mejor el sustantivo- ser fiel y que se note.
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Algunas excepciones a la regla se encuentran también dentro del grupo economicista de estas usinas. Una es el CEMA, muy asociado con el menemismo. En su momento, el CEMA catapultó al gobierno de Carlos Menem a Roque Fernández y a Carlos Rodríguez, el economista que también es rector de la propia universidad. Otra, el Centro de Estudios para el Cambio Estructural (CECE), donde dos ex ministros de Economía radicales, Jesús Rodríguez -hoy diputado- y Juan Sourrouille, junto a Mario Brodersohn y Raúl Baglini, trabajan desde 1990 en políticas a menudo canalizadas a nivel parlamentario. Alineadas o no, cada institución tiene su propio perfil, ya que en la difícil faena de clasificar think tanks , a la variable de la identificación política deben agregarse las del origen de sus fondos, estilo más político o más académico, venta o no de proyectos a empresas particulares, vinculación activa con universidades y centros académicos internacionales, y mayor o menor interés en saltar a la vía de los hechos.
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Repeler embanderamientos tiene su razón. Lo más parecido a un think tank que conoció el público fue el Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (Ieral) de la Fundación Mediterránea (fundada en 1977), a raíz de que en los noventa esa institución abasteció, como nunca antes ni después se abasteciera a un funcionario, al más iracundo de sus investigadores. Fue la primera vez que Domingo Cavallo tuvo ocasión de mostrar al frente del Ministerio de Economía que a los problemas del Estado los conocía bien porque los había estudiado con esmero académico. Además de ideas y hombres, la provisión incluyó -según aquella inolvidable revelación entre lágrimas- un refuerzo de sueldo para el ministro, detalle chirriante como pocos. Fernando de la Rúa mediante, hubo una segunda vez, como se sabe, menos agraciada que la primera, y por más que la Mediterránea conservó más intacto su aprecio por Cavallo que muchos ahorristas, los think tanks debieron tomar nota de que gobernar y aplicar ideas no es exactamente lo mismo. Desde la oficina que el Ieral tiene en Barrio Norte, donde por cierto hoy no se ven fotos de Cavallo, el investigador jefe Jorge Vazconcellos celebra con estudiado ecumenismo: "Entre los economistas de casi todos los candidatos a presidente es normal la circulación de trabajos (académicos) hechos aquí". Y por si no queda claro, remata: "No queremos embanderamientos de ningún tipo".
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Además de la lógica y saludable práctica de los economistas de leerse entre ellos, muchos -literalmente- "tanques de ideas" están relacionados entre sí. A veces dos o más se asocian para desarrollar proyectos. Es la financiación lo que estimula la búsqueda de sinergia, sobre todo cuando ella proviene de organismos internacionales, ya que no es raro que existan áreas de estudio superpuestas y se busque aunar esfuerzos. Por ejemplo, el Grupo Sophia y el Grupo Unidos del Sud han realizado en forma conjunta un estudio sobre descentralización de organismos de acción social. Se trata de dos think tanks que le encuentran sentido a su existencia imaginando que ellos mismos van a ser quienes apliquen sus respectivas propuestas desde el Estado, para lo cual, claro, esperan ser llamados.
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Vocación pública
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"Nuestro objetivo -dice Horacio Rodríguez Larreta, factótum del Grupo Sophia- es crear equipos para asumir responsabilidades públicas y por eso la gente que formamos tiene el denominador común de disponer de vocación pública, no sólo académica". Rodríguez Larreta, justicialista de cuna desarrollista -ahijado de Rogelio Frigerio-, flamante compañero de fórmula de Mauricio Macri en la carrera electoral porteña, ya probó ese recorrido. Cuando le tocó desempeñarse en la DGI y en la Anses llevó consigo a una veintena de personas del Grupo Sophia. No siempre es igual. Pedro Lacoste, que presidía el Grupo Sophia, entró prácticamente solo al Banco Central como segundo de Alfonso Prat Gay.
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Mientras el Grupo Sophia se detuvo en temas variados que incluyen desde una propuesta de reforma de la Administración Pública Nacional o un plan para el Municipio de la Costa hasta la exitosa iniciativa de la campaña "El hambre más urgente" (en la que interviene LA NACION), el Grupo Unidos del Sud, liderado por Francisco de Narváez, refleja en su organización mayor sintonía con la estructura del Estado Nacional sobre la cual reflexiona y tiene aspiraciones. "Las personas que trabajamos aquí no tenemos vocación para escribir libros con propuestas", dice De Narváez cada vez que quiere subrayar que la meta es contribuir a que la realidad cambie y no sólo pensar.
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Política y economía
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Hay think tanks comprometidos con economistas que actúan, de un modo u otro, en política, como el cavallista Novum Milenium o la Fundación Capital, de Martín Redrado, hoy vicecanciller. En esos casos es difícil determinar los ingredientes políticos y académicos de modo que las apreciaciones propias y la percepción ajena coincidan: por lo común, a las fundaciones les agrada decirse apartidarias, que no es lo mismo que de ellas dicen otros habitantes del poder.
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Están, por otro lado, las instituciones de mayor raigambre en el interior, como la Fundación Libertad, con sede en Rosario y presencia en varias provincias, cuyo nombre se refiere antes a la economía que a la política, ya que aquélla es su motor principal.
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Antes que brotaran estos grupos modernos ya tenían oficinas cerca del Congreso las fundaciones vinculadas con partidos políticos alemanes, de concepciones más o menos pluralistas pero benefactoras, si cabe el término, de corrientes argentinas afines. La socialdemócrata Fundación Ebert, por caso, financió y realizó trabajos con diversas líneas internas radicales, y otro tanto hizo en parecida zona ideológica la Fundación Naumann, originada en el Partido Liberal alemán.
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Este mapa complejo se vuelve aún más rebelde a las clasificaciones si se trata de analizar el origen de los fondos que les permiten a los think tanks seguir respirando. En principio, muchas grandes empresas sostienen a varios grupos. Los nombres de esas empresas, o de las mayores aportantes, se repiten con notable insistencia, de lo cual se infiere que lo predominante es la diversificación de las subvenciones que se hacen desde el sector privado. Luego está el dinero de los organismos internacionales, casi siempre minoritario en los presupuestos. Y en tercer lugar, la venta de servicios que realizan algunos think tanks a instituciones o a empresas, algo que puede llegar a convertirlos en consultoras presentadas como instituciones académicas.
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"El tema de financiamiento es importante para identificar la libertad académica de los think tanks , así como su permanencia; la tendencia en los think tanks históricos de la Argentina ha sido la de atomizar los aportes y las fuentes de ingreso", dice Flavia Alemann, quien conoce del tema no tanto por ser hija del economista Juan Alemann como por estar consagrada a investigarlo en la Universidad de Palermo. "Existe un escollo impositivo para las grandes donaciones, que sí se ven en los Estados Unidos, ya que sólo el 5 por ciento de lo donado está exento del impuesto a las ganancias. En la década del setenta se hizo un intento para subirlo al 50 por ciento, pero fue tal el fraude que se produjo que no se pudo sostener la exención".
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El veterano director de un think tank consultado no fue original ni pidió que se evitara identificarlo cuando declaró: "Hay de todo". Pero sí lo reclamó enseguida, cuando opinó que "en nombre de los think tanks también es posible instalar detrás del poder a profesionales cuya misión no es empujar políticas públicas sino intereses sectoriales".
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No hay ley que reglamente el lobby en la Argentina y tampoco parece haber partidos políticos fuertes donde se acumule materia gris. Bien o mal, los think tanks están germinando en ese espacio intermedio.
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Ideas que surgen de oficinas futuristas
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Si hay un think tank que no se parece en nada a una usina política tradicional ése es el Grupo Unidos del Sud, que hasta diciembre, cuando tenía en sus filas a Mauricio Macri, se llamaba Fundación Creer y Crecer. Por empezar está en Las Cañitas, lejos de los centros de toma de decisiones (siempre que entre ellos no se incluyan los restaurantes de moda). Al pasar la puerta de calle uno todavía cree que entró en una casa chorizo reciclada donde lo esperan convencionales oficinas con escritorios. No se sabe por qué, pero por algo, el gran reloj electrónico que hay en la pared del hall se esmera en contar hasta las centésimas de segundo y la CNN en inglés proyectada sobre un importante vidrio esmerilado entretiene al visitante. De pronto, alguien apoya una tarjeta magnética en el lugar preciso, el vidrio esmerilado se desplaza a gran velocidad y las personas se precipitan dentro de un sorpresivo búnker futurista.
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Es una enorme planta abierta con iluminación de nave espacial. Decenas de monitores de computadoras dispuestos en flores de cuatro pétalos regularmente esparcidas magnetizan a puñados de jóvenes trajeados y mujeres en general esbeltas. ¿Todos ellos están pensando políticas de Estado para la Argentina?, se pellizca, lineal, el visitante. Sí: no es el cuartel general del agente de Cipol ni la escenografía de la última película de James Bond.
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"En verdad nos definimos como un ` do tank ´", dice el inspirador y único sponsor Francisco de Narváez, inquieto empresario nacido en Bogotá hace 50 años y nacionalizado argentino, cuya fortuna personal, según es público, deriva de la oportuna venta de Casa Tía. De Narváez quiere subrayar que el espíritu, aquí, contrasta con el de otras organizaciones porque es de hacedores antes que de pensadores. Grupo Unidos del Sud se presenta como una institución política que cuenta con más de 200 profesionales que trabajan en la elaboración de planes de gobierno y en la conformación de equipos con "vocación de gestión".
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De Narváez no sólo es el único presidente de un think tank -o do tank - que lleva grabado en el cuello un ideograma chino con la palabra crisis. También es el único que cuando alude a la esperanza de que sus equipos sean convocados por un gobierno se refiere con toda naturalidad a un gobierno justicialista.

Fuente Diario La Nacion

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