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¿Existe un Pensamiento Nacional? (3parte) Por FRANCISCO JOSÉ PESTANHA "Pienso que aceptar sin beneficio de inventario la herencia política y social de los que nos precedieron es vivir de prestado a la sombra de la quietud que revela la impotencia" ADOLFO SALDÌAS A partir de la publicación en este mismo sitio de dos ensayos, mediante los cuales sostuve la necesidad histórica de retomar una línea de pensamiento auténticamente nacional, he sido inquirido en reiteradas oportunidades por diversos lectores para que aclare y, en su caso amplíe, algunas de las consideraciones allí vertidas y para que me explaye sobre sus antecedentes históricos. Es por ello que voy a dedicarme en esta tercera entrega a presentar una serie de razonamientos que espero satisfagan dichas inquietudes, dejando para una próxima edición la publicación del esbozo histórico prometido. Así las cosas, en forma preliminar, debo traer a colación ciertos aspectos que deben necesariamente ser tenidos en cuenta para comprender en su integralidad esta forma de especulación y para poder estimar su importancia estratégica respecto a nuestro futuro. El pensamiento nacional, tal como lo concibo, es ante todo una experiencia especulativa; es decir un espacio de reflexión que desde lo local aspira a mantener la mayor autonomía posible respecto a la producción simbólica emergente de los centros tradicionalmente exportadores de paradigmas con pretensiones globales. En ese sentido, se ha sostenido con certeza que "Un pensamiento nacional es de hecho una teoría de lo nacional y está situado en un espacio y en un determinado tiempo histórico" (HERIBERTO J. AUEL). Ahora bien, como sostuve en su oportunidad, dicha producción teórica es a la vez estrategia y estratégica. Es estrategia, ya que como experiencia reflexiva, en el marco de las relaciones de poder que determinan vinculaciones entre las naciones, su objetivo primordial es el de determinar un marco de producción autónoma de material simbólico respecto de aquel conjunto de productos teóricos dotados de relevante "efecto verdad" a nivel universal, que emergen de los centros exportadores de material ideológico. HERNÁNDEZ ARREGUÍ sostenía que la verdadera independencia de una nación comienza a materializarse cuando su comunidad comienza a generar una filosofía independiente; es decir cuando desarrolla la capacidad de generar espacios de producción autónoma de bienes simbólicos que encuentran sustrato en su particular experiencia epistemológica, mediante el sondeo desde una perspectiva nativista de su propia realidad. En las naciones multígenas como la nuestra, estructuradas a partir de componentes diversos, dicho sondeo debe contemplar necesariamente una serie de elementos estructurales y estructurantes. En ese sentido, un pensamiento genuinamente nacional no puede omitir en forma alguna los vitales aportes de las culturas pre-hispánicas, del hispanismo y del catolicismo. A ello deben sumársele los matices culturales provenientes de las diversas colectividades que han contribuido a nuestra comunidad nacional ya que el pensamiento nacional, como aspira a la unidad espiritual y política de la nación, debe ser lo más integrador posible. El carácter estratégico de este tipo de pensamiento deviene del corolario anterior ya que la elaboración de un pensamiento nacional ambiciona la determinación de una "comunidad de ideales" que sustente la unidad política "... como unidad nacional sobre el soporte de una identidad..." (H. J. AUEL). En esta misma línea de reflexión, debo señalar, que toda especulación que apunte a lograr esa unidad a la que hice referencia presupone una cierta línea troncal–histórica erigida sobre la verdad histórica que aspira hacia la consolidación de un relato fundacional común. Sobre esta cuestión me encuentro elaborando un ensayo por cuanto voy a aprovechar esa oportunidad para explayarme más sobre ella. Un pensamiento nacional, por otra parte constituye una experiencia epistemológica que pretende reflexionar desde y sobre lo local desafiando las limitaciones que ello presupone y bajo cierto influjo del conocimiento exterior por el proceso semiótico ilimitado. Es así como la pretensión de autonomía absoluta que se sostiene desde algunas posturas, resulta una aspiración inalcanzable por la simple aplicación del fenómeno de la intertextualidad. Como experiencia epistemológica el pensamiento nacional presupone un aquí y un ahora. De allí su carácter histórico ya que, como enseñaba ARREGUÍ, "...constituye un reflejo de los impulsos positivos o negativos de las potencias laterales que gravitan sobre él a través del país verdadero...". La historicidad del pensamiento nacional obliga asimismo a desarrollar un permanente sistema de actualización metodológica donde la inducción, tal como enseñaba JAURETCHE, asume una vital importancia para desentrañar los mecanismos de coloniaje. Sin perjuicio de su carácter histórico, tal forma especulativa reconoce una propia concepción de la historia misma. Desde este punto de vista la corriente denominada como "pensamiento nacional" no concibe a la historia humana como una simple sumatoria de sucesos relevantes, sino que la entiende como un proceso. Así se descarta la idea que presenta a la misma como una sucesión unilineal, determinada y espasmódica de acontecimientos y se la concibe como un proceso configurado a partir de una causalidad relativa que admite episodios que la alteran. Esta noción afirma el carácter eminentemente histórico del hombre y la factibilidad que las conductas colectivas puedan conmover ciertos rumbos que aparecen como determinados para el materialismo. Por otra parte, un pensamiento nacional debe asumir desde su conformación y hasta su consolidación una actitud crítica y una dimensión polémica ya que ambas constituyen instrumentos eficaces para desentrañar los efectos consolidados del material simbólico exógeno. Por último, el carácter integrativo del pensamiento nacional lo desafía inclusive a nutrirse de componentes ciertamente relevantes que suelen no provenir de sujetos o personajes enmarcados en su línea. Hago especial mención de este tópico, ya que erróneamente se suelen excluir del mismo ciertas obras que han contribuido con su conformación por las actitudes políticas asumidas por sus autores respecto a las diversas fases en la que se expresó el movimiento nacional, actitudes que seguramente han encontrado su origen en los espasmos narcisísticos tan típicos de los ambientes artísticos. Las circunstancias históricas nos obligan hoy a encarar un proceso de re–construcción de esta línea de pensamiento. Dicha tarea se hace sumamente compleja ya que, a las dificultades materiales que esta tarea presupone, se le incorporan aspectos vinculados al ámbito de lo pasional. Por último debo destacar que un pensamiento genuinamente nacional presupone la existencia de una identidad propia y que ella constituye su objeto principal y además, que su conformación nos remite hasta los orígenes mismos del poblamiento americano, extendiéndose hasta allí sus redes semióticas. Dado su carácter inclusivo y con el lógico temor a omitir ciertos tópicos y protagonistas, la perspectiva nativista que presupone nuestra línea de reflexión, no puede soslayar en forma alguna aquella visión que aun nos ubica como una región periférica dormida tan presente en GÁLVEZ y ROJAS; la exaltación de los elementos constitutivos locales que tanto detestó y aún detesta el cosmopolitismo y que encuentra su obra fundante en el relato de HERNÁNDEZ; la revalorización del folklore nacional y la aceptación del tango y de otros fenómenos culturales emergentes de las realidades locales y regionales; la incorporación constitutiva de las culturas originarias tan presentes en KUSCH; el telurismo de IBARGUREN; los componentes integristas de ROJAS, el inductivismo JAURECHEANO; la crítica al positivismo europeo y su versión norteamericana; el criollismo de LUGONES y Güiraldes; la revalorización de lo tradicional en lo cultural de GONZÁLES; la síntesis indígena–hispano de DÁVALOS Y ARREGUÍ; el revisionismo de SALDÌAS, IRAZUSTA, PALACIO y ROSA,; la literatura telúrica y el criollismo vanguardista de GÁLVEZ, el latinoamericanismo de UGARTE; la concepción de las relaciones económicas de la economía de SCALABRINI ORTIZ y los desarrollos filosóficos de ANQUIN y de ASTRADA. Queda entonces para una tercera entrega, la publicación de mi propia perspectiva respecto del desarrollo histórico de esta corriente de pensamiento. * SE PERMITE SU REPRODUCCIÓN CITANDO LA FUENTE.
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