Búsqueda personalizada

                                        LA OPINION PUBLICA

 

Los que entienden de guerra afirman que el concep­to de "NACIÓN EN ARMAS que caracteriza la lucha moderna obliga a que la guerra sea popular. Por popular se entiende que el pueblo acepte luchar y lo haga con decisión y espíritu de sacrificio.

En esta preguerra que vivimos, el concepto ha ido de "nación" a “CONTINENTES EN ARMAS". Con ello, la necesidad de preparar la popularidad de la guerra ha pasado del aspecto nacional al internacional. Este hecho ha traído un aspecto nuevo en la preparación y en la dirección de la guerra y ha provocado no pocos conflic­tos agudos o en estado de latencia que están en pleno desarrollo.

 

UNA publicidad febril y desordenada, poderosa pero de incapacidad manifiesta, ha invadido todas las fronteras. La "libertad de prensa" y el 1ibre acceso a las fuentes de información, groseramente impuestos, Constituyeron la ganzúa para forzar la entrada. Por eso han producido un efecto contrario. Cada día la guerra es menos popular y cada día los pueblos temen más los medios coercitivos y prepotentes de los que pretenden despertar su confianza y su simpatía.

En cuestiones de política interna puede ser útil girar en descubierto con la opinión pública, como se lo hace todos los días. Un diario que, en el fondo, no tenga responsabilidad alguna puede atribuir lo que quiera a la opinión pública y usarla a su favor. Pero en el esfuer­zo y el sacrificio de la guerra es muy peligroso atribuir a la opinión popular factores inexistentes, porque ese engaño se paga con hierro, sangre y dolor en las horas aciagas de la decisión.

La opinión pública es susceptible de formarse y de utilizarse con fines nacionales e nternacionales. En cam­bio, es una aberración inaceptable el pretender utilizar una opinión no formada o contraria, desconociendo este hecho y dando sin más por aceptado el deseo y no la realidad. En esto, como en todo, no puede colocarse el carro delante de los caballos, por lo menos si se desea que el carro marche.

 

 

LA opinión pública, a los efectos de la guerra es una realidad. En consecuencia, no se la puede usurpar, ni manejar arbitrariamente a voluntad, ni reemplazar desaprensivamente con una ficción. Se forma por un procedimiento inteligente, se maneja con lealtad y pru­dencia, y se afirma y consolida en los hechos, no en la imaginación.

Por ser un hecho que se desarrolla en el fuero in­terno de cada individuo y en la conciencia colectiva de cada pueblo, es un asunto más bien moral. La prepotencia ejercida sobre un gobierno, la amenaza sobre una nación, el engaño sobre un pueblo son caminos equivo­cados para ganar el corazón de los hombres. Con una amenaza no se destruye otra amenaza, como con una mentira no, se destruye otra mentira.

La solución de la guerra es un problema complejo que impone verdaderos valores y conocimientos profundos y diversos. No todos los hombres, por sabios que se consideren, están en condiciones de encararla. No es lo mismo ganarse la voluntad de los pueblos que hacer que sus componentes consuman coca‑cola. Por lo me­nos, cosas tan diferentes implican distintos procedimientos.

 

MONOPOLIZAR los servicios informativos, mantener diarios y agentes de provocación, penetrar en los con servicios de espionaje infiltrados en las empresas comerciales no presupone ganarse la opinión pública sino, por el contrario, producir la desconfianza y desatar el odio vernáculo tan pronto se descubra la superchería, que se descubre siempre.

 

La guerra es un drama sangriento y apasionado; su solución no puede confiarse en manos de aficionados ni de "dilettantes". Cada acto de su preparación impo­ne un método y un plan minuciosos y acabadamente estudiados. La felicidad y la tranquilidad de los pueblos no son cosas con las que se pueda jugar, e imponen a los dirigentes, por lo menos, un poco de sentido de la responsabilidad.

 

Los pueblos tienen un fino instinto para distinguir cuándo las cosas se hacen bien de cuándo se pretende engañar a la opinión pública aun con hábiles supercherías, y, ante todo, los pueblos tienen profundamente desarrollado el sentido de su defensa.

 

0

LA preparación de la opinión pública de un país so­berano es parte de la soberanía que ejerce el Go­bierno y no puede cederla al extranjero sin verse incurso en el delito de alta traición. Por eso, cuando dos o más países acuerdan una acción común, corresponde a los gobiernos de cada nación manejar tal asunto en lo in­terno.

Toda interferencia foránea presupone un acto desleal y de hostilidad inadmisible, aunque se trate de salvar las formas, disfrazando tal intervención con la libertad

 

De prensa o de las fuentes de información, con empresas comerciales, con agregados al servicio diplomático u otros engaños semejantes. No se borra el fondo de una ofensa con el "acicalamiento" de la forma.

En esto, como en todas las cosas de la vida, los que proceden mal sucumben victima de su propio mal procedimiento.

 

Marzo 22 de 1951

Mapa del Sitio
Copyright © 1998-2007 - DS Tecnologia® manager@dstecnologia.com.ar