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La Resistencia.

Crónica de una pasión rosarina.

                         Por Carlos del Frade.

 

 

La resistencia peronista en Rosario, desde 1955 a 1973, hasta el triunfo de Héctor Cámpora, se hizo a contrapelo de los valores individualistas.

   Generosidad, coraje, solidaridad, amor y sueños colectivos.

   Palabras condenadas por el pragmatismo y la globalización de fin de milenio.

   Semejante marea existencial, anónima y mayoritaria, tuvo ribetes de epopeya.

   Hasta finales de los años sesenta, los protagonistas fueron, casi exclusivamente, los trabajadores.

   Luego vino el alud juvenil.

   El peronismo parecía destinado a conmover estructuralmente la Argentina.

   El país burgués apelaría a la más sangrienta dictadura para impedirlo.

  

*La larga noche del 55.

 

            "El peronismo es el hecho maldito del país burgués", había dicho John William Cooke.

            Cuando el siglo pegó la vuelta, por aquellos años cincuenta, la torta del producto bruto interno de la Argentina señalaba que más de la mitad iba para los trabajadores.

     "Yo tuve mi primer par de zapatos gracias a Perón. Hasta conocí el centro y el cine", dice una señora que vino desde Córdoba siguiendo a sus padres y a sus dos hermanas hasta la ciudad que alumbraba industrial, a la vera del Paraná.

            El padre, Don Alfredo, lidiaba con las bolsas en el principal puerto exportador de la Argentina, Rosario, "capital de los cereales", como diría, años después, una canción con aires folklóricos.

            Toddy "en el Hogar. Hoy exclusivamente para el mundo femenino, una cordial audición hogareña, con Cristina --interpretada por Blanca Harrison-- la amiga ideal, compañera, confidente, consejera", decía el aviso de LT 3, Radio Cerealista, una de las emisoras rosarinas.

            Era el miércoles 15 de junio de 1955.

            Las noticias que llegaron de Buenos Aires profetizaban un futuro diferente.

     "La revolución peronista ha terminado", dijo, aquel día, Juan Domingo Perón.

            Nadie quería ver los augurios de aquellas voces desesperadas.

            El diario fundado sobre finales de la década del sesenta del siglo pasado, cuando el general Justo José de Urquiza soñaba con ser presidente de la Nación, saludó aquella jornada con una frase del general: "nada hay más peligroso que los hombres que sirven a dos bandos".

     Advertencia, amenaza, pero también miedo.

            El frente de clases comenzaba a desarticularse, dirían, mucho después, los analistas políticos y los historiadores.

     La cosa está fea, se repetía en los barrios.

     Desde 1951 regía el estado de guerra interno.

     El diario "La Capital" sostenía que "el presidente expresó que hará cumplir la ley, si fuera posible, sin violencia".

            En la Chicago argentina, se cumple el paro de 24 horas decretado por la CGT en repudio de la quema de banderas realizada en Buenos Aires, luego de las celebraciones del Corpus Cristi.

            Frente a la plaza San Martín, en Santa Fe y Moreno, en la jefatura de Policía, se realizó un acto de desagravio a la figura de Evita. Allí estuvieron el gobernador Anzorena y la señorita Negretti fue fotografiada cuando colocaba una ofrenda de flores a la "abanderada de los humildes".

     Paro absoluto en las 56 dependencias municipales rosarinas y en muchas de la provincia, solamente las guardias mínimas y los servicios indispensables.

            La ciudad en alerta.

            Tensión en los barrios.

     En el interior de la Casa Rosada, a años luz del interior de las viviendas rosarinas, el general había dicho, ese mismo día: "me quedo a vivir en la casa de Gobierno, voy a atender los asuntos de estado pistola al cinto".

            En la ciudad abrazada por el Paraná, las voces de radio nacional eran escuchadas con atención y preocupación.

     Se movilizan los dirigentes y los trabajadores, la Confederación General del Trabajo, la Concentración General Universitaria y la Unión de Estudiantes Secundarios. No son simples sellos. Las fotografías muestran los rostros y las miradas. Gente que se junta, que se busca y que escucha lo que viene desde la jefatura. Están expectantes, los músculos de las caras sostienen miradas firmes. No se ve el piso, no hay lugar por donde se pueda observar algún claro.

 

            Jueves 16 de junio 1955.

            Puerta de acceso a otra realidad.

            Del otro lado del humo y de los gritos de dolor, se anuncia no solamente un golpe de estado y la incorporación de la Argentina al Fondo Monetario Internacional, sino un largo viaje a las profundidades de la noche.

            El regreso a una Argentina de señores superiores y mayorías resignadas. El retorno de una postal embrujada.

            El general Bengoa conspiraba junto al contraalmirante Samuel Toranzo Calderón. La hipótesis era conformar una junta de gobierno provisoria compuesta por el socialista democrático Américo Ghioldi, el radical unionista Angel Zavala Ortiz y el conservador Adolfo Vicchi.

            Niebla en Buenos Aires.

            Gris en Rosario.

            La hora del mediodía no terminaría sin los truenos de la larga noche que se avecinaba.

            "Una de las bombas cayó de lleno en la Casa de Gobierno, otra alcanzó un trolebús repleto de pasajeros que llegaba por Paseo Colón hasta Hipólito Yrigoyen. El vehículo se venció sobre el costado izquierdo, sus puertas se abrieron y una horrenda carga de muertos y heridos fue precipitado a la calle. Una tercera bomba tocó la arista nordeste del cuboide del edificio del Ministerio de Hacienda despidiendo pesados trozos de mampostería...Produjóse una intensa lluvia de esquirlas y menudos trozos de vidrio", describió el cronista del diario de Bartolomé Mitre, el inventor de la historia oficial argentina, "La Nación", el día después.

            El bombardeo sobre la ciudad abierta de Buenos Aires comenzó a las 12.45 del 16 de junio.

     Una hora después, por Radio Mitre, surgió la proclama golpista: "trabajadores, la revolución democrática ha prohibido que ningún patrón despida al personal, ni disminuir las retribuciones que han gozado". Hipocresía, confesión de lo que vendría después de las bombas.

            La avenida de Mayo, en Buenos Aires, se convirtió en un río humano. La CGT había convocado para defender al gobierno.

            Era tiempo de utilizar las armas que había comprado Evita al rey de Holanda.

            "Yo vi el segundo bombardeo a las tres de la tarde. Estaba lleno de gente, de pueblo. Tiraban desde el ministerio de Marina hacia la recova que estaba enfrente, a doscientos, trescientos metros...después al ministerio de Hacienda y después al público...En el primer momento ellos ponen la bandera blanca y la gente grita: Pe - rón, Pe - rón, y cuando van cruzando la calle, la ráfaga de ametralladora otra vez", relató Sebastián Borro, dirigente del frigorífico Lisandro de La Torre que, años después, sería un símbolo de la resistencia peronista.

            A las cuatro de la tarde, el largo prólogo de la noche impuesta para las mayoría, parecía haber terminado.

            Perón le pidió a los trabajadores que "se muerdan como me muerdo yo".

            Los escombros se mezclaban con los cadáveres.

            Nunca hubo verdad histórica sobre el número de los mismos. Desde 200 a 2000. Como si fueran cifras y no historias de amores, pesadillas y sueños, universos enteros fusilados por un proyecto económico y político a contramano de la voluntad masiva.

            Por la noche, aparecieron las llamas que envolvían iglesias en Olivos y Vicente López. Cuentan que, en aquellas horas nocturnas del 16 de junio, el empresario Jorge Antonio se acercó a Perón después de haberse reunido con los mandos naturales y le preguntó: "general, ¿está bien o está preso?". El reelecto presidente contestó que estaba "prisionero de los salvadores".

            Entre las bombas que inventaron cráteres en pleno centro de la Capital Federal --hecho inédito que jamás fue contemplado en las reglas de la guerra convencional y no convencional-- se encontraron las señales VC, Cristo Vence.

            Para "La Nación" del 17 de junio, "un sector de las fuerzas armadas duramente calificadas por el presidente de la Nación, juzgó que era lícito resolver por la violencia su distinta apreciación acerca de los métodos con que es dable conducir la gobernación del estado. Tal género de divergencias es siempre normal en la evolución de las democracias".

            Ejército y pueblo "ahogaron la rebelión de los traidores. "Pasarán los tiempos pero la historia no perdonará jamás semejante sacrilegio", decía el titular a ocho columnas del diario rosarino "La Capital", marcando la frase del general Perón. La información agregaba: "alevoso tiroteo contra la población indefensa".

            En Rosario, la garúa acompañó a la gente, indignada, sin saber bien qué se podía hacer desde los arrabales del río marrón.

            "Movilizado por la CGT el pueblo de Rosario ganó la calle en magnífica prueba de lealtad", decía el titular del diario centenario.

            Los gritos expresaban ideales y límites existenciales, jugar el cuerpo en la historia, convertir las palabras en abismos capaces de seducir los músculos y la voluntades.

            "La vida por Perón", gritaban miles de rosarinos.

            Hugo De Pietro, secretario adjunto de la CGT, el delegado titular, Samuel Sinay, arengaban a la gente, prometieron ir "a Buenos Aires ahora mismo si es preciso".

            El anónimo cronista no escapaba de los sentimientos instalados en la calle, "un inmenso colector de la indignación ciudadana".

            Sinay habló de la fidelidad del regimiento 11 de infantería, con asiento en Rosario, "General Las Heras" y de los comandos 1º del ejército y de la 3ª región militar, "fieles a la masa obrera".

            Desde Radio Nacional Rosario se hablaba "contra las fuerzas de la regresión".

            A pesar de la llovizna, hubo repudio contra el obispado y la Catedral, fuertemente custodiados por la policía.

            Los gráficos y los periodistas pararon en "homenaje a las víctimas".

            Los edificios públicos rosarinos fueron custodiados por piquetes de trabajadores. El diario fundado por la familia Lagos diría, en un recuadro, que "a los caídos del 16 de junio, eran carne del pueblo, hombres y mujeres de la patria que alentaban el fervor de la libertad. Os inmoló la locura de unos pocos...en nuestra tierra no caben los traidores ni los miserables. No habés caido en vano", prometía las letras emocionadas.

            Sin embargo, tres meses después, el largo descenso a la noche, a la pesadilla construida por minorías, sería una realidad.

            Desde el 16 de junio de 1955, en Rosario, la ciudad obrera y cerealera, el peronismo ya comenzaba a hablar de comandos de emergencia.

            La primavera vendría mal herida.

 

*Setiembre negro.

 

  El Monumento a la Bandera todavía no existía.

  Sin embargo, entre 1947 y 1954, los establecimientos industriales se multiplicaron por dos. Más de seis mil lugares de encuentro cotidiano para obreros. La mayoría de ellos, peronistas. Casi como un reflejo de la explosión productiva de la cual hablan los números.

  Pero los días que se vivirían a partir de setiembre de 1955 tendrían poco que ver con las cifras.

  Fueron los años de pasión, miedos, heroísmos, traiciones, clandestinidad, amores y rebeldías.

  El mundo al revés.

  Vivir como si no se pudiera zafar de una pesadilla.

  El país sin Perón.

  Inimaginable para la mayoría de los casi 520 mil habitantes de los arrabales del Paraná.

 

  "El pueblo argentino recuperó a su líder", decía el titular a ocho columnas de "La Capital" del 1 de setiembre de aquel año. "Ya hemos dado suficiente prueba de prudencia", dijo el general.

  En Rosario, a la distancia, gremios y unidades básicas convocaban a los suyos, a los compañeros, a escuchar la radio. Perón siempre estaba más allá de la derrota. No había lugar para suponer una existencia colectiva sin el hijo del 17 de octubre de una década atrás.

  Se sabía.

  Era así. Lo decían en Echesortu, en Saladillo y en los talleres ferroviarios de los pueblos vecinos. Hasta en el centro de la ciudad se percibía la certidumbre. A 300 kilómetros de la Plaza de Mayo, Perón tenía una dimensión invicta, eterna.

  "Cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de lo de ellos", se leyó aquella mañana, se escuchó en la tarde anterior.

  En la plaza San Martín, miles de rosarinos escucharon el mensaje del líder, al grito de "Perón si, otro no".

  Entre los dirigentes convocantes estaban el interventor del PJ provincial, Italo Avale, el delegado de la zona sur, Pablo Guerrero, el comisionado municipal José Félix Galimberti y el titular de la CGT, Samuel Sinay.

  La crónica sostuvo que "la ciudadanía de Rosario brindó su solidaridad al vibrante llamado. Rosario, a despecho de la inclemencia del tiempo, tomó la bandera de su fe peronista y, abrazado a ella, se plantó como un mástil en la plaza San Martín para sumar su voz a la de todo el pueblo argentino en el reclamo sereno pero decidido".

  A menos de un mes, los adjetivos y los sustantivos desaparecerían. La directora del tradicional diario fundado por los Lagos sobre la década del 60 del siglo pasado, sería silenciada y satanizada.

  Más allá de aquel intento de golpe de estado, todo volvía a la normalidad.

  La pinturería Martín seguía ofreciendo sus servicios para los nuevos comercios que, a pesar de la crisis de los últimos tres años, continuaban abriéndose en la "capital de los cereales".

  Los abogados se animaban a publicitar sus conocimientos para tratar sobre divorcios, el jarabe y las pastillas Pulmosan solucionaban cualquier espasmo, la Shell ofrecía sus tractores especiales y en los 46 cines de la ciudad era el tiempo de la aventura sin límite. "En los mares de Alaska", era el estreno que generaba mayor expectativa en aquella Rosario, obrera, industrial y peronista.

  Al asomarse la primavera, las heladeras a kerosene Sirak invadían los barrios, mientras que en Central aparecía un jugador recio pero fino, un tal Angel Zof. En Ñuls, había preocupación por la salud de su zaguero Jorge Griffa.

  Del puerto local no salían toneladas de granos solamente, sino también cruceros que anunciaban travesías hata el Cabo de Hornos.

 

  El 16 de setiembre de 1955, cuando comenzó el movimiento insurreccional contra el gobierno popular, era la fecha señalada para la presentación en el Cine Real, en Oroño y Salta, del presidente del Consejo Superior del partido, doctor Alejandro Leloir.

  Nadie daba créditos a las noticias que venían desde Córdoba y Buenos Aires.

  Por calle San Martín, centenares de trabajadores, portuarios y ferrovarios, en su gran mayoría, se habían movilizado en defensa del gobierno constitucional.

  Sobre Eva Perón, donde estaba la sede de la CGT, también aparecieron los gestos duros de los hombres que querían seguir viviendo en lo que entendían como un estado natural, bajo el gobierno de Juan Perón.

  Para el lunes 19 de setiembre, el mundo ya estaba patas para arriba.

  Rosario seguía viviendo su creencia.

  En la CGT, sin embargo, "siguen las entregas de sangre con el banco de la regional" de la central obrera, donde ya funcionaba uno de los tantos centros sanitarios de recepción.

  Uno de los dirigentes de la CGT, Hugo De Pietro difundió un documento llamando a la movilización de los obreros rosarinos: "compañeros, nuestro destino y la defensa de nuestra dignidad y de las conquistas logradas nos imponen no escatimar ningún esfuerzo, ni aún la propia vida".

  Sería una profecía.

  "El pueblo está a la expectativa. Puede producirse el cañoneo de las destilerías de Eva Perón", sostenía el titular de "La Capital", del martes 20 de setiembre.

  Cañones de un barco de la Armada argentina alimentada con combustible inglés como denunciaría tres años después el entonces diputado convencional de la UCRI, Oscar Allende.

  Una semana después, las palabras y los hechos se presentaron de otra forma.

 

  "Tristes sucesos acaecidos el viernes, sábado y domingo. Severas medidas de represión", amenazaban las informaciones del diario.

  A los hechos que calificaron como "tristes" eran las movilizaciones que surgieron en los barrios rosarinos y en las ciudades vecinas.

  Enfrentándose a tanques, José Mármol, un estibador, perdió el riñón y la memoria cuando tiraba piedras en 27 de Febrero y Ovidio Lagos. Lo último que recuerda fue que gritó: "Viva Perón carajo!". Después el hospital y la desocupación. Su historia se repetiría por miles.

  Hacia el 27 de setiembre, las crónicas periodísticas semejaban partes de guerra de un ejército de ocupación. "La urbe amaneció dispuesta a reanudar sus actividades, pues así había sido acordado en el plenario realizado en la CGT...Sin embargo, los tranvías y ómnibus no pudieron correr por mucho tiempo pues, en algunos barrios, núcleos reducidos de personas amenazaban a conductores y pasajeros valiéndose de la falta de vigilancia en los coches y, en otro casos, procedieron a apedrearlos".

  Piedras contra efectivos militares, piedras contra algunos tanques.

  Nadie conducía a los obreros más que ellos mismos en aquellos días en que Rosario fue convertido en otra cosa.

  "En cuanto a los obreros, en muchos casos, llegaron hasta frente a las fábricas pero no entraban a cumplir con sus obligaciones".

  La rebeldía continuaba.

  A pesar de los "blandos", de los que después harían llamar a cierta rama del sindicalismo como la CGT "negra".

  El autotitulado subdelagado de la central obrera rosarina, Marcos Méndez, llegó a emitir un mensaje por Radio Nacional, exhortando al "retorno al trabajo".

  Su prédica era la lógica del sistema: ser obediente para poder sobrevivir. Un mandato de clase. "Compañero trabajador sea disciplinado", exigía Méndez.

  Sin embargo, centenares de panfletos aparecieron sobre calle Ovidio Lagos y en la zona sur.

  Los papeles no tenían firmas, pero convocaban a un paro general hasta tanto Perón volviera a la Rosada.

  Las noticias dejaban escapar el clima que se vivía en los barrios rosarinos.

  El abastecimiento "tropezó con dificultades", no hubo leche ni tampoco se produjo la faena en el Mercado Municipal de Carnes.

  En calle San Martín al 1200 un francotirador enfrentó a un piquete de soldados que patrullaba la zona sur. El "valiente" sargento López Correa tuvo que ingeniárselas con sus veinte hombres para enfrentar al trabajador que cumplía con aquello de jugarse la vida por Perón.

  En los diarios y en las radios se escuchaban las adhesiones de la Federación Económica de la Provincia de Santa Fe a favor del gobierno de Eduardo Lonardi. También, en el diario, surgían los comunicados de agrupaciones políticas como el "socialismo libertario" a favor del golpe de estado.

  El toque de queda se producía las veinte. Sin embargo, entre tanta historia oficial y silencio impuesto, desde abajo llegaban otras voces, una contracorriente inorgánica pero real, como la vida anónima.

  Subsuelo de la ciudad ocupada.

  "Grupos perturbadores", calificaban los medios.

  Aparecían en Córdoba y Provincias Unidas. Córdoba y Paraná. En el Cruce Alberdi detuvieron a un tren que transportaba obreros hacia Pérez.

  Los edictos justificaban la persecución.

  De ciudad obrera y orgullosa de su peronismo, Rosario se convirtió en objetivo militar. "Contra agitadores", fue el título que se convirtió en un clásico por aquellos días y se multiplicaría por años en el léxico de gobiernos autoritarios. Se trata de "agitadores profesionales" que responden a "intereses de pequeños grupos" que tienen la "triste misión de roer los cimientos" de la nacionalidad.

 

  Como síntesis del cinismo y la ironía, el 17 de octubre de 1955, en la Rosario dada vuelta, en la que las mayorías trabajadoras se sentían agobiadas y perseguidas, se estrenó, en el Cine Odeón, "El salario del miedo", un "drama de candente suspenso", con Ives Montand.

  A contrapelo de la prudencia y del "ni vencedores ni vencidos", los metalúrgicos de la ciudad decidieron concretar paros de cinco minutos por turno.

 

  Hacia finales de octubre de 1955, cinco vagones fueron incendiados. Llevaban cargas para Celulosa. Fue en la avenida Francia y en una de sus paredes, en forma extraña, apareció, después de las llamas, una P y una V.

 

  Miles de personas fueron encarcelados en distintas regiones del país entre 1955 y 1973.

  Era el nuevo mundo saludado por las potencias de Occidente.

  La Argentina ingresaba al Fondo Monetario Internacional. El salario que, en 1953, llegó a superar el 50 por ciento del Producto Bruto Interno nacional, comenzaba a descender a menos del 30 por ciento.

  En las calles rosarinas, mientras tanto, portuarios, metalúrgicos, amas de casa, pibes que hasta hacía unos días pateaban una pelota de goma y textiles, se autoconvocaban para defender "al general".

  "Los países del mundo reconocen al gobierno de Aramburu. Villa Manuelita no", dice la leyenda que decía uno de los tantos carteles que nacieron por aquellos días en los barrios de la otrora Chicago argentina.

  Durante 18 años, la ciudad obrera se convirtió en un símbolo.

  Lo que sigue es una síntesis de esa historia anónima, apasionada, a veces racional, y atravesada de idealismo que fue la resistencia peronista.

  Una postal existencial de un país y una ciudad que, todavía hoy, siguen buscando la realización de sus mejores sueños colectivos.

*La revancha del gran capital.

 

  En la mañana del 16 de setiembre de 1955, los capataces del Swift, en Villa Gobernador Gálvez, hicieron gala de su odio de clase.

  Desnudaron a todas las mujeres.

  La excusa fue buscar armas entre la intimidad de las trabajadoras.

  Sin embargo no les fue fácil domesticar a los obreros de la carne.

  "Mi abuela nos contaba cómo los muchachos armados con la chaira y otro cuchillos tomaron el frigorífico. Con matagatos, con lo que tenían, quisieron defender al peronismo. Cuando se puso muy jodida, los compañeros escondieron a las chicas en los tanques que traían la leche para sacarlas. Ahí zafó mi abuela", cuenta Sonia Alesso, hoy maestra y dirigente de la Central de Trabajadores Argentinos.

  Pero algo falló en los cálculos de los proveedores de la muerte.

  Decenas de personas se sumaron a la militancia peronista proscripta.

  Angel Ojeda comenzó su militancia en 1955. "Formé parte de una Argentina heroica. Acá en Rosario el regimiento 11 regresaba derrotado. El pueblo rosarino peleaba en las calles, todos los días. Fue cuando apareció el famoso cartel de Villa Manuelita, que no se rinde. Casi un mes de pueblo en la calle...".

  En 27 de Febrero y Ovidio Lagos, José Mármol quiere atravesar el cielo con los estandartes de Evita y Perón. Lo balean. Cae envuelto en una bandera argentina y dos culatazos le rompen su riñón derecho. Estuvo dos meses internado gritando "¡Viva Perón, carajo!".

  Aquella primera etapa de la resistencia en Rosario se "hizo en los bares, en las casas, en las familias, en los barrios", dice la historiadora Carina Capobianco.

  Tiempos en los que, más allá de los hechos espontáneos, surgen los primeros organismos estatales dispuestos a la represión del "enemigo interno".

  José Cravero marcó que "dos o tres meses después del golpe se organizó la llamada Defensa Activa de la Democracia. Hubo desaparecidos. Pegaron tanto que la gente comenzó a organizarse. Así surgieron comandos en la zona sur, en barrio Belgrano...al principio la resistencia era casi poética. Cuando se pintaba una pared era todo un triunfo".

  Eran días de aprendizaje, de reciclaje de la memoria popular. "Se conformaron células integradas por tres o cuatro activistas con un jefe. Tuvimos que aprender a fabricar bombas. Empezamos con caños, los de 250, a los que les pasábamos un alambre de virulana. Nos asesoraban viejos anarquistas", recordó Cravero.

  La vieja dirigencia gremial flaqueaba.

  "Ninguno salía de abajo de la cama", ejemplificó Pío Torres. "Hasta que reuní a la gente de Sanidad y junto a Pepe Pedernera fuimos haciendo surgir una nueva generación de dirigentes gremiales. Al principio éramos dos. Américo Gigena y yo. El me decía mañana seremos cuatro y ahí comenzó, entonces, el movimiento de lo que después serían las 62 Organizaciones. Nuestra idea era tomar los gremios, crear células peronistas y así fuimos copando uno a uno. Hasta que creamos el bloque gremial peronista".

 

*Perseguidos, proscriptos.

 

  Quinto día de marzo de 1956.

  Decreto 4161: "Considerando que en su existencia política, el Partido Peronista ofende el sentimiento democrática del pueblo argentino, el presidente provisional de la Nación Argentina, en ejercicio del poder legislativo, decreta con fuerza de ley: Artículo 1º: queda prohibida en todo el territorio de la Nación: a) La utilización de propaganda peronista. Se considerará especialmente violatoria de esta disposición, la utilización de la fotografía, retrato o esculturas de los funcionarios peronistas o de sus parientes, el escudo y la bandera peronista, el nombre propio del presidente depuesto, el de sus parientes, las expresiones "peronismo", "peronista", "justicialismo", "justicialista", "tercera posición", la abreviatura "P.P.", las fechas exaltadas por el régimen depuesto, las marchas "Los muchachos peronistas" y "Evita capitana", el libro "La razón de mi vida" y los discursos del presidente depuesto y de su esposa.

  "b) La utilización de imágenes, símbolos y signos "creados o por crearse" que pudieran ser tenidos por alguien con los fines establecidos en el inciso anterior.

  "c) La reproducción, mediante cualquier procedimiento, de las imágenes y objetos señalados en los dos incisos anteriors.

  "Artículo 2º: El que infrinja el presente decreto ley serán penado:

   a) Con prisión de treinta días y multa.

   b) Inhabilitación absoluta para desempeñarse como funcionario público o dirigente político o gremial.

   c) Clausura cuando se trate de empresas comerciales.

  "Las sanciones no serán de cumplimiento condicional, ni será procedente su excarcelación".

 

  Para el actual vicegobernador de Santa Fe, ingeniero Gualberto Venesia, "lo más contrario a los derechos humanos fue la fusiladora. El decreto 4161 muestra cómo nos trataban por ser peronistas. En la facultad éramos solamente dos profesores peronistas. ¿Cómo un peronista iba a ser docente de la facultad?", recordaba.

 

*Junio de 1956. "Operación Masacre" en Rosario.

 

  Juan Lucero tiene el cuerpo atravesado por las huellas de la picana y la tortura. También tiene la mirada triste de tanto exilio no querido, aunque conserva la alegría del que cree en ideales de una sociedad más justa.

  "En mi casa se hizo una reunión clandestina. Se preparaba el golpe de Juan José Valle para devolverlo a Perón. Valle se terminó refugiando en una villa. Era uno de los que llamábamos los militares gauchos. Había gente movilizada en Rosario y San Lorenzo. En la mesa de mi casa, me acuerdo, estuvieron Lugan, Duclois, Piacenza, Valle y yo...Cuando llegara el nueve de junio, eso nos decían, se iban a cortar las rutas. Fue un hecho bastante anárquico".

  Uno de los que participaron en la columna de la zona norte del golpe del 9 de junio era un muchacho de 16 años, Marcial Martínez.

  Lucero y Marcial practicaban en el Tiro Federal. "Mi mamá nos decía que va a llegar el momento y no van a tener puntería", recuerda Lucero.

  Aquella noche "el comisario Díaz, de la 16ª, encerró a todos los policías y se llevó las armas para nosotros. Eran 14 carabinas viejas y las trajo con un sumariante que era un hombre de pueblo. La idea original era tomar el 11, LT 2 y ENTEL".

  A contra razonamiento, la célula de Alberdi creía que podía tomar el Olimpo.

  "Hicimos todos eso porque teníamos un fuego adentro que nos quemaba. Pensar que antes me dedicaba al folklore. Aquella noche no pudimos avanzar mucho. Sin embargo le hicimos frente a la gendarmería con las 14 carabinas que había expropiado el comisario Díaz. Marcial se había venido con un cuchillito de cocina".

  Tiempo después, con un pulmón destrozado por la tortura, Marcial eligió el suicidio antes que delatar a algún compañero. Lo cercaba la policía federal.

 

*La imaginación popular.

 

  "No fueron dioses, sino hombres, mujeres, que necesitaban comer pan, vivir, hacer hijos...No fueron perfectos ni mucho menos...Pero había una luz que caía de sus frentes sudadas, rojas, arrugadas, pensando cómo batir al enemigo", cuenta Juan Gelman en "Ya caminando".

  Para Norberto Galasso, tozudo difusor e historiador de lo nacional y popular, define a la resistencia como "algo muy espontáneo. Se destacó Cooke y la lucha en los barrios, los caños, las movilizaciones espontáneas, centenares de huelgas parciales. César Marcos contó que las cocinas se convirtieron en cuarteles generales. Y en las esquinas se silbaba "Fumando espero", se andaba con flores "no me olvides". Los burócratas fueron los primeros en desertar. El peronismo era, entonces, fundamentalmente, la clase trabajadora".

 

*Una visión profética.

 

  El padre Hernán Benítez, jesuita expulsado de la orden por su compromiso con el peronismo al convertirse en el confesor de Evita, es uno de los referentes de los sacerdotes del tercer mundo.

  Creía que a través del peronismo, la clase trabajadora argentina llegaría al socialismo.

  Cuando murió tenía dos imágenes sobre su lecho: el Che y Evita.

  Pero antes, cuando la década del cincuenta se extinguía entre huelgas y brotes guerrilleros, el padre Benítez le escribió a Perón: "¿Ignora el General la barbarie represiva de que son capaces los gorilas, con todo el poder y las armas en la mano?. ¿La ferocidad que las directivas de Caracas imperan ignora el General que esa misma ferocidad centuplicada alimentan los gorilas, dispuestos a sofocar la barbarie subversiva con la barbarie represiva inmensamente peor?. En las actuales circunstancias, ¿no se da cuenta el General de que la represión no dejará sólo 30 ni sólo 300 víctimas asesinadas, sino 3.000, sino ya 30.000?". Corría el 14 de enero de 1958.

*La toma del 11.

 

  El 30 de noviembre de 1960 el regimiento 11, con asiento en Rosario, fue tomado por algunas horas.

  En 1958 se había conformado, a nivel nacional el Comando Operativo Revolucionario, al mando del general retirado Miguel Angel Iñíguez y como segundo, el coronel Juan Argentino Barredo.

  Trabajaron durante 30 meses. Los integrantes del Comando Superior de la Resistencia de Rosario eran Lucio Costanzo, Dante Piacenza, Darío Costanzó y Américo Gigena. La zona norte a cargo de José Alfredo Franco; la columna sur por Armando Pesenti; de los militantes del este rosarino, Alejandro Vega; y los del oeste reconocían a José Gigena.

  "Había muchos militares que se sumaban a nosotros", recuerda Cravero. "Por aquel entonces ya teníamos armas. El campo de instrucción era la isla. Ibamos todos los domingos. Nosotros éramos gente de trabajo".

  En lo nacional, en tanto, Arturo Frondizi, ungido presidente por los votos peronistas, se había alejado de sus promesas.

  Seguía la represión y la persecución y para colmo de males, la clase trabajadora era sumergida en los deseos de las patronales.

  Faltaban quince minutos para la una de la mañana.

  Cuarenta hombres iniciaron el acceso al regimiento.

  Comenzó el tiroteo. Fue herido el capitán Héctor Makinlay. Un cuarto de hora después, los resistentes rosarinos eran dueños de la guardia del regimiento "General Las Heras".

  Sin embargo, cuando el coronel Barredo al mando de otros veinte militantes intentó tomar el casino de oficiales, la respuesta fue violenta.

  Cravero recuerda que "Barredo se murió en posición de firme en el piso. Nos rechazaron. Igualmente se logró tomar el regimiento. Se mantuvo la ocupación hasta las 2.30. Después vinieron los gendarmes...". Lejos de la ficción, para Cravero aquella noche resultó inolvidable: "uno no sabe qué hacer porque no es como en las películas. Preguntábamos por qué no sacábamos lo tanques..."

  Cravero recuerda que Iñíguez tenía como idea, alrededor de las 4.30, de concertar un alto el fuego definitivo que permitiera salir a todos los resistentes.

  --Ni el general Perón ni el pueblo me perdonarían jamás haber sacrificado tantas vidas para nada. Estamos solos Pérez, estamos solos --le dijo Iñíguez al "Papa" Pérez.

  A las 5.30, los hombres de la resistencia rosarina abandonaban el regimiento.

  "No sabíamos bien lo que estaba pasando. Hasta que nos dimos cuenta: estábamos solos...Salimos temblando. Había gendarmes hasta en los árboles. A los tres días allanaron todo Rosario y empezamos a caer uno por uno".

  A cargo de los refuerzos militares estaba el coronel Eduardo Nava, recién llegado de Buenos Aires, mientras que al frente de los gendarmes un nombre que sería trístemente célebre en Rosario, Agustín Feced.

  Iñíguez y el capitán Campos consiguieron fugarse.

  En 1973, en Ezeiza, Iñíguez formaría parte del Comando de Organización.

  48 civiles, en tanto, 48 "muchachos peronistas" rosarinos fueron condenados por la justicia federal de acuerdo al plan Conintes a tres años de cárcel.

 

*Taco Ralo.

 

  Desde 1959 la lucha armada, a través del grupo Uturunco, comenzó a ser una de las opciones para los militantes peronistas.

  "Cuando asumió Frondizi soltamos unos globos con una gran imagen de Perón...hasta que decidimos el copamiento de un puesto de aeronáutica...", repasa Envar "Cacho" El Kadri.

  "Eramos la armada Brancaleone. Rulli estaba armado con un lechucero, yo con un revólver de mi abuelo, otro con una pistola de cebita. Eran vísperas de elecciones, aquellas del voto en blanco. Felipe Vallese estaba con nosotros y fue nuestro primer desaparecido. Surgió un ejército de liberación nacional. El atentado aquel salió en los diarios, pero muy chiquito. En Buenos Aires ganó Palacios ese día. Ya teníamos las armas de Iñíguez, de Rosario, de los años 60, de Fray Luis Beltrán. Entonces nos vamos a Taco Ralo y a Tartagal".

  El Kadri recuerda la presencia de Ciro Ahumada, un oficial del ejército, como el hombre encargado de suministrarles instrucción en la guerra de guerrillas. "En realidad trabajaba para los servicios. Fue uno de los responsables de lo que después ocurrió en Ezeiza", dice uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Peronistas.

  Para El Kadri, "uno es lo que hace y no lo que dice".

  La muerte de Che en Bolivia los impulsó a "seguir su ejemplo. Había llegado la hora de la acción. Teníamos la teoría de las dos patas, la guerrilla urbana y la rural".

  Juan Lucero, uno de los resistentes rosarinos que participó de aquel intento de guerrilla rural peronista, detalló que en Taco Ralo "teníamos una bandera del Movimiento de Juventud Peronista, negra con la estrella federal en rojo y la leyenda Perón o muerte. Con el golpe de Onganía se democratizó la persecución. Nosotros decidimos, entonces, pasar a la semiclandestinidad. Como la plata estaba en los bancos, entonces la expropiábamos, y a los campesinos les dábamos cheques de la esperanza a cambio de una vaca que la usábamos para alimentarnos".

  Lucero describía las acciones del grupo en el monte tucumano: "era un grupo muy hermoso. Rojas era el comandante Supay, el que había formado Uturuncos. Estaba Amanda, la primera guerrillera. Inicialmente éramos 14, después quedaron doce por la deserción de un rosarino...Nosotros hacíamos pozos de zorro, teníamos nuestro lugar de tiro, mulas para subir al cerro y hasta un depósito de armas que se fueron enterrando...Ya estábamos aclimatándonos cuando nos agarraron...".

  Era el 19 de setiembre de 1968. Ese mismo día se moría John William Cooke.

 

La marcha del hambre y Montoneros.

 

            El 11 de octubre de 1962 comenzó uno de los capítulos que mayores movimientos originó en el interior de la Iglesia Católica, el Concilio Vaticano II. La idea fue de Juan XXIII.

            Su propuesta fue ventilar la institución.

            Hasta la fecha se intenta restaurar el viejo y denso clima. Pero nada fue igual a partir del concilio.

            Entre sus principales consecuencias, se encuentran ‑‑sin dudas‑‑ las Conferencias Episcopales Latinoamericanas de Medellín, Puebla y Santo Domingo, más allá que la primera se había dado en Río de Janeiro en 1955 pero que no tuvo la repercusión social, cultural y política de las otras.

            Le tocó conducir a Pablo VI los cimbronazos del Concilio en todas partes del mundo.

            El principal se generó el 15 de agosto de 1967, con la publicación del "Manifiesto de 18 Obispos del Tercer Mundo".

            Los 18 firmantes fueron Helder Camara, arzobispo de Olinda y Recife, del Brasil; Jean Baptiste Da Mota e Alburqueque, arzobispo de Vitoria, del Brasil; Luis Gonzaga Fernández, de Vitoria, Brasil; Georges Mercier, obispo de Laghouat, Sahara, Argelia; Michel Darmancier, obispo de Wallis et Futuna, Oceanía; Armand Hubert, Heliópolis, Egipto; Angel Cuniberti, Florencia, Colombia; Serverino de Aguiar, Pernambuco, Brasil; Frank Franic, Split, Yugoslavia; Francisco Austregesilo de Mesquita, Pernambuco, Brasil; Gegoire Haddad, Melquita, Beirut, Líbano; Manuel Pereira da Costa, Paraibo, Brasil; Charles Van Melckebebke, China; Antonio Batista Fragoso, Ceará, Brasil; Etiene Loosdregt, Laos; Waldir Calheiros de Novais, Volta Redonda, Brasil; Jacques Grent, Maluku, Indonesia; y David Picao, obispo de Santos, Brasil.

            "...en su peregrinación histórica terrenal, la Iglesia ha estado prácticamente siempre ligada al sistema político, social y económico que, en un momento de la historia, asegura el bien común o, al menos, cierto orden social.

            Por otra parte las Iglesias se encuentran de tal manera ligadas al sistema, que parecen estar confundidos, unidos en una sola carne como un matrimonio. Pero la Iglesia tine un solo esposo, Cristo. La Iglesia no está casada con ningún sistema, cualquiera que éste sea, y menos con "el imperialismo internacional del dinero" (Popularum Progressio), como lo estaba a la realeza, o al feudalismo del antiguo régimen y como tampoco lo estará mañana con tal o cual socialismo".

            Definiciones como estas conmocionaron a los sacerdotes que se encontraban trabajando y desarrollando su pastoral en medio de barrios marginales de todas las naciones del Tercer Mundo.

            La Argentina no fue la excepción.

     Tampoco Santa Fe y los peronistas que, desde la clandestinidad, seguían germinando el regreso del líder proscripto.

    

            Abril de 1969, las organizaciones obreras del norte santafesino propusieron "la Marcha del Hambre", desde Villa Ocampo ‑‑otrora centro del latifundio de La Forestal‑‑ hasta la capital de la provincia. Reclamaban trabajo.

            ‑‑El pueblo ya no cree en las palabras del gobierno ‑‑dijo el sacerdote Rafael Yacuzzi, párroco de Villa Ana, otra ciudad del imperio inglés.

            3 mil integrantes de la policía provincial, de la rural y de gendarmería impidieron la concreción de la marcha.

            Acompañaban a los trabajadores una delegación de varias religiosas de la Orden del Niño Jesús. Al mediodía del 20 de abril comenzó la represión. El intendente Alcibíades Sambrana renunció redactando un telegrama que decía: "pueblo indignado por severísima represión policial sin mirar la presencia de madres y niños, me coloca en el trance de elevar a usted mi renuncia del cargo considerando que como hijo nativo de este pueblo me debo sustancialmente a mi comunidad".

            En Villa Guillermina,mientras tanto, más de mil personas inciaron una movilización similar, encabezada por otro sacerdote, Héctor Osvaldo Beltrán. Ferrocarriles Argentinos había decidido no renovar los contratos para la reparación de vagones en los talleres de la localidad, por lo que 5 mil personas habían quedado sin empleo. Pudieron avanzar 3 kilómetros. Las fuerzas de seguridad cerraron el paso.

            Se ordenó la captura del padre Rafael Yacuzzi que tuvo que escapar a Buenos Aires.

            En una entrevista concedida a la revista "Así", Yacuzzi dijo que "la Marcha del Hambre tuvo por finalidad pedir remedio a un estado general de subdesarrollo del norte santafesino que condena al pueblo a la miseria más cruel que pudiera imaginarse. Especialmente en la zona del monte hay gente que se muere de hambre, que sufre desnutrición. Hace poco me tocó intervenir en el caso de un chico de 15 años que murió así. La gente sufre de nomadismo en el trabajo, le falta asistencia, le recargan las mercaderías, ningún beneficio social. Para colmo la agricultura está estancada...El pueblo con su sabiduría sabrá darse oportunamente los medios necesarios. Lo de Villa Ocampo puede pasar en cualquier lugar del país...Todo el que piensa a favor del pueblo es llamado comunista", dijo el sacerdote.

 

  Junto al padre Yacuzzi, en la organización de la Marcha del Hambre, aparecieron los jóvenes cristianos de clase media que se volcarían al peronismo. Era el origen de Montoneros. Entre ellos Roberto Cirilo Perdía. "A fines del 64 me fui al norte de Santa Fe junto a Arturo Paoli. Veníamos de la Democracia Cristiana y también desde otros sectores de izquierda. Nos metimos en el peronismo. Desde Reconquista empezamos a caminar la zona. Formamos varios sindicatos, el de obreros cañeros, el químico. Estábamos con el padre Carlos Mujica, Graciela Daleo, Ramus, Firmenich...era fines del 66", recuerda Perdía.

  Agregó que "en el 67 nos decidimos por la opción armada. Eramos quince compañeros solamente. Fuimos a Villa Ana y allí nos encontramos con el padre Yacuzzi. Hicimos la marcha del hambre y nos enfrentamos con la guardia rural. Junto a Ongaro y Yacuzzi el movimiento tuvo un amplio respaldo popular. Hicimos una movilización desde los barrios pobres de Recreo y estando prófugo, Yacuzzi ofició una misa. Era la época en que Perón empezó a hablar de socialismo nacional".

 

*El rosariazo.

 

  Los bastones largos llegaron también a las facultades rosarinas.

  En el 69 aparecieron los grandes despidos en la ciudad industrial. 300 personas se quedaron en la calle por decisión de los dueños de la Empresa Cid. En Celulosa se tomaba la fábrica y en PASA, el sindicato surgido de la propia empresa, comenzaba a radicalizarse, de la mano de socialistas, trotzkistas y peronistas de base.

  En mayo del 69, el primer cimbronazo del subsuelo rosarino.

  En Corrientes, el asesinato del estudiante Juan José Cabral, despertó la solidaridad en las facultades. Por las calles y por los claustros se escuchaba "Cabral y Pampillón, los mártires del camino de la liberación".

  El 17 de mayo, la movilización de estudiantes llegó hasta los edificios del Banco Transatlántico y la Bolsa de Comercio. Allí fueron reprimidos por la policía provincial, al mando de la cual estaba el comandante de Gendarmería, Agustín Feced, el mismo que sería el responsable de 1800 detenciones y 350 desapariciones, siete años después. En la galería Melipal, las huestes de Feced asesinan al estudiante de Ciencias Económicas, Adolfo Bello, de 22 años. "Entraron con pistolas y garrotes, parecían enloquecidos. Uno de ellos disparó a quemarropa a la cabeza de Bello", relató uno de los sobrevivientes.

  El 21 de mayo se hizo la marcha del silencio. El centro de la ciudad quedó en manos de los manifestantes. Bombas molotov, fogatas, piedras, barricadas. Al querer tomar la emisora LT 8, un grupo de policías los desaloja, asesinando al obrero metalúrgico de quince años, Luis Blanco. Rosario es declarada "zona de emergencia bajo control militar".

  Durante cinco horas marchó el cortejo que llevaba los restos de Blanco hasta el cementerio La Piedad. 10 mil personas estuvieron en las calles aquel 23 de mayo.

  Para Héctor Quagliaro, actual secretario general de la Asociación de Trabajadores del Estado y uno de los principales dirigentes de la resistencia peronista desde la CGT de los Argentinos --"nosotros fuimos la primera delegación del interior que se sumó al conducción de Ongaro"--, "el rosariazo fue un pedazo grande de la historia social. El primero de los rosariazos fue protagonizado por el estudiantado. Hubo lucha popular, teníamos mucha bronca por el asesinato de Bello. Yo vine envuelto en un sobretodo a Rosario, en forma clandestina, junto a Héctor Lescano, el arquitecto Segovia Meyer para la movilización del 21 de mayo. En Maipú y Córdoba hubo una violenta represión".

  El segundo rosariazo, "en setiembre lo más homogéneo fue el frente sindical. Allí se notaba por qué Rosario era la capital del peronismo", recalcó el colorado.

  El 8 de setiembre de 1969, se declaró un paro por tiempo indeterminado de los trabajadores afiliados a la Unión Ferroviaria. Los estudiantes, en tanto, se preparaban para el tercer aniversario del asesinato de Pampillón. Hacia el 11 de setiembre, se produjeron actos de sabotaje y descarrilamiento de trenes en la zona de Granadero Baigorria, a menos de quince minutos al norte del centro rosarino, y otro en Pergamino, en la provincia de Buenos Aires. El viernes 12 de setiembre se declara ilegal el paro. La CGT anuncia la huelga general desde el día 16.

  "A las 9.30 del martes 16 la epidermis urbana de Rosario no presentaba a la vista de cualquier ocasional visitante ninguna alteración, 30 minutos después la imagen quedaba destruida. Veinte focos insurrectos en los accesos periféricos, seis columnas de obreros y estudiantes en el radio céntrico, en total 10 mil personas --según fuentes policiales-- incendiaban en sentido literal y literario la ciudad", describía un cronista de la revista Panorama.

  A diferencia de los sucesos de mayo, el rosariazo tuvo en los barrios sus principales escenarios. Cuando la policía de Feced fue rebasada, llegaron, desde Corrientes, dos mil efectivos al mando del entonces coronel Leopoldo Galtieri.

  Los diseñadores del cordón industrial se convertirían, en pocos años, en los desaparecedores y los desocupadores, a partir de la segunda mitad de los años setenta.

 

*Los 70.

 

  Surgen a la superficie las organizaciones armadas.

  Perón escribe que "es infantil pensar que se puede superar sin revolución la resistencia de las oligarquías y de los monopolios inversionistas del imperialismo. La hora de los pueblos ha llegado y las revoluciones nacionales en Latinoamérica son un hecho irreversible".

  El 29 de mayo de 1970 es secuestrado Pedro Eugenio Aramburu. Montoneros, FAP, Descamisados, ERP y FAL están en boca de todos.

  El 26 de marzo de 1971 el general de las vacas, como lo definió Rogelio García Luppo a Alejandro Lannuse, asumió como presidente del régimen.

  A fines de aquel año, Daniel Paladino deja de ser el delegado de Perón.

  Lo reemplaza Héctor Cámpora.

  "Allá por el 71 volvimos a poner el monumento a Evita enfrente del sindicato de la Carne. Lo habían sacado en 1955. Después lo llmaron el monumento a la mandarina. No teníamos ni plata ni prensa, pero difundimos el acto de boca a boca. Mandamos a los chicos a hacer carteles. Mirá lo que son las cosas, un radical, Gogo Arteaga llevó el busto en el auto. Cuando llegamos ahí estaba Feced. Nos recibió a los tiros. Y nosotros empezamos con las molotov y a los baldozasos", recuerda Angel Ojeda.

  Perdía, ya por entonces, estaba en Rosario.

  "En abril del 72 para nosotros la estrategia era elecciones con Perón y dejar por el momento la lucha armada...Entonces se nos dio por organizar un acto en Rosario. No éramos más de una docena de compañeros. Fue en la cancha de Argentinos. Se reunieron seis mil personas y todos reivindicaban a Montoneros. Se había dado el cambio en la correlación de fuerzas. Era el resultado de la acumulación de las luchas anteriores y un acierto político el elegir las elecciones con Perón...".

  El 11 de marzo de 1973 fue una fiesta.

  18 años de resistencia derrotaron a los representantes de la oligarquía.

  Ojeda tuvo mucho trabajo ese día. "Estaba contento pero yo sentía que algo no cerraba...en el 76 no quedó nada de todo lo que habíamos luchado".

 

*Postales del infierno.

 

  --Seguro que te creíste todo eso de Evita, que la patria sería socialista --le decía Agustín Feced a una piba que apenas superaba los diecisiete años mientras le pegaba sin piedad. Ella, después de 21 años, temblando, teniendo como fondo el Servicio de Informaciones, San Lorenzo y Dorrego, contó al cronista por primera vez aquella historia.

  "Yo era peronista. Bien peronista. De estar metida en el barrio organizando costureros, ayudando en la escuela, construyendo hornos de barro...Era cristiana, joven y creía que el peronismo pasaba, en esos momentos, por lo que decían Montoneros".

 

  El 10 de agosto de 1976, María Susana Bertolino de Manzur fue secuestrada junto a su esposo, Oscar Rubén Manzur, por entonces delegado gremial en el Sanatorio Británico.

  En las mazmorras de la Jefatura, uno de los principales torturadores, expresó el por qué de tanta persecución y violencia: "Lo Fiego dijo que iba a matarme, hoy, dentro de diez días, un mes, un año o diez años. Se asumió como fascista, nazionalista y reconoció al movimiento peronista como la única fuerza capaz de desarticular el proyecto fascista en la Argentina..."

 

   Elías Domingo Carranza llevaba doce años como sumariante en el juzgado de instrucción de la tercera nominación en los tribunales rosarinos.

   Carranza siempre había sido peronista.

   Integró la denominada "comisión Brandazza", de la cámara de diputados santafesina, que investigó el secuestro, desaparición, tortura y muerte del entonces estudiantes universitario, ocurrido el 28 de noviembre de 1972.

   Nadie olvidó aquello.

   Ni en la jefatura ni en los grupos de tareas.

   El 11 de febrero de 1977 fue secuestrado.

   Lo torturan. El reconoce a dos de los policías que participaron de la desaparición de Brandazza: Alberto Máximo Grandi y Angel Farías.

   En medio de los golpes, le dicen con ironía: "¿así que ustedes investigaban esto?".

 

   Otra imagen de contradicción.

   En Rosario uno de los principales dirigentes de la resistencia se llamaba Pagano, de la zona sur.

   Su hijo, Walter, se convirtió, durante los años del terrorismo de estado, en uno de los más feroces torturadores de peronistas.

   Quedaba poco de aquel espíritu de la marchita, aquel "todos unidos triunfaremos".

 

   Dos décadas después de los fusilamientos en José León Suárez, los militantes peronistas eran, otra vez, masacrados en los sótanos del oprobio.

   Estas postales existenciales sirven para demostrar hasta qué punto, cierta parte del peronismo seguía siendo "el hecho maldito del país burgués", como lo definió John William Cooke.

 

*El sueño de un país más justo.

 

   Una historia construida a fuerza de pasión y generosidad.

   También con traidores, mediocres y asesinos enmascarados en un movimiento popular.

   Pero fue una crónica existencial de dimensiones épicas.

   Para Norberto Galasso, la resistencia "fue una gesta popular. No hubo mordazas posibles. Fue en el 69, cuando se produjeron las grandes movilizaciones que el pueblo encontró su camino. Y allí se demostró, una vez más, que el pueblo es el protagonista de su historia".

   El colorado Felipe Di Marco que junto a su señora Chiche pelearon en todos los frentes de la resistencia, dice que "todavía no pierdo la ilusión de ver una patria liberada y no de espaldas como está ahora".

   El presente de la resistencia, con las contradicciones que fueron generando sus protagonistas, está en los hijos de aquellos dirigentes clandestinos de una Rosario rebelde que siguen buscando la verdad histórica.

   Según Envar El Kadri, "lo mejor de todo fue la capacidad de entrega de los compañeros. Era verdad aquello de dar la vida por Perón. Había una gran capacidad de confiar en los demás. Te recibían, te daban de comer. Había ganas de luchar en todos. Eran peronistas cerriles. En el sentido más duro de la palabra. Era conmovedor ver tantas familias que te daban las llaves de sus casas".

   En tiempos de especulación cotidiana, de obediencia debida impuesta por las patronales, El Kadri reivindica la resistencia porque "fueron, sin dudas, los mejores años de mi vida. Años de entrega, solidaridad, eran los sueños de traerlo a Perón, casi un concepto mágico. Fue una epopeya y es interesante que se rescate ese espíritu de epopeya. En la cárcel conocí gente de Río Gallegos a La Quiaca que por estaban por allí por pasar gelinita y todo se hacía en base de los afectos".

   Para El Kadri hay una diferencia con los años setenta, "la tercera resistencia estuvo marcada por la incorporación de una generación nueva. Pero le faltó afecto, compañerismo. Se hizo rígida, piramidal, con la vieja idea de los círculos. Pero la vieja resistencia fue de una verdadera generosidad popular, una epopeya popular. Formábamos parte de una cofradía, de una hermandad. Era el espíritu de todos unidos triunfaremos, del cariño del hijo que discutía con el padre".

 

   Hoy en esta Rosario desocupada, ciudad olvido y obediente, las voces memoriosas de los resistentes abren caminos para liberar a los viejos sueños colectivos aún por ser.

   Por eso, como dice Juan Gelman, "vamos a empezar la lucha otra vez. El enemigo está claro y vamos a empezar otra vez...Vamos a corregir los errores del alma, sus malaspenas, sus desastres, tantos compañeritos derramados...".

   Porque la Rosario rebelde, ciudad que resiste, responderá a sus necesidades de mayorías con los proyectos que protege la tozuda memoria.

   "los sueños rotos por la realidad

    los compañeros rotos por la realidad/

    los sueños de los compañeros rotos

    ¿están verdaderamente rotos/perdidos/nada/

 ...y los pedacitos rotos del sueño/¿se juntarán alguna vez?

    ¿se juntarán algún día/pedacitos?.

    ¿están diciendo que los enganchemos al tejido del sueño

     general?.

    ¿están diciendo que soñemos mejor?".

   Se pregunta también Gelman.

   A manera de respuesta, chiquita, modesta, vayan estos apuntes de la crónica de una pasión rosarina, postales existenciales de resistentes peronistas, para la historia de un nuevo deseo colectivo que incluya a los que siguen luchando por un presente de justicia social, libertad y democracia, más allá de los símbolos de los viejos partidos hoy vaciados de rebeldía y pasión transformadora

 

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