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LA LIBERTAD CUANDO oímos decir que hay Estados amantes de LA LIBERTAD que se disponen a luchar por un mundo libre, mientras se enuncian las LIBERTADES ESENCIALES, se nos ocurre meditar sobre la LIBERTAD. Entiendo que hay dos clases de libertad: la LIBERTAD DE LAS NACIONES, basada en la libre determinación de los pueblos, en la soberanía política y en la independencia económica, y la LIBERTAD DEL HOMBRE, consistente en el respeto de sus derechos y el cumplimiento de sus deberes. Hay, pues, una libertad esencial: la colectiva, y otra que es su consecuencia: la individual. Ello es indiscutible, desde que nadie puede presuponer hombres libres en una nación esclava. Precisamente de ahí parte el justicialismo cuando, por extensión, afirma que la libertad del hombre en un algunos pretenden que los hombres pueden ser libres en una colonia de dominio político o económico. Tesis imperialista tan falaz como cuando el comunismo sostiene que las naciones satélites detrás de la cortina son también pueblos libres de hombres libres. La humanidad conoce dos azotes que la han agobiado en su historia: el IMPERIALISMO, que, al suprimir la libre determinación de los pueblos, la soberanía de las naciones y la independencia económica de los países, los priva de su libertad esencial y las dictaduras, que, al suprimir en parte la libertad individual, insectifican al hombre. Las dictaduras son de efecto limitado en el tiempo y en el espacio, duran lo que dura el hombre que las ejerce y alcanzan sólo una acción parcial. Los imperialismos son permanentes y alcanzan a todos. Por eso la dictadura se abate por reacción local; el imperialismo sólo cede ante la acción de todos. El imperialismo no se basa ciertamente en el respeto a la libertad de los pueblos ni de los hombres. Cualesquiera de sus formas, sean políticas o económicas, son sistemas de esclavitud. Por eso resulta un escarnio que repugna al espíritu cuando los imperialismos simulan la defensa de la libertad individual mientras se dedican a ejercer la esclavitud colectiva. cuando los imperialistas hablan de democracia, que es un régimen de libertad, cometen un acto de cinismo similar al del delincuente que se ampara en la ley contra la que precisamente delinque. Pero donde ese cinismo llega a su más alta expresión es cuando se libera a pueblos mediante su conquista. En muchos pueblos de la tierra, hoy como ayer, se escucha una exclamación siempre nueva: «DIOS NOS LIBRE DE NUESTROS LIBERTADORES". Lo que ocurre hoy con la libertad es que, estando en todas las bocas, no puede estar en todos los corazones. Si no fuera así, veríamos un día el espectáculo maravilloso de la liberación de todas las colonias, posesiones y dominios que hacen hoy que la libertad sea sólo una ilusión de algunos hombres en una humanidad egoísta y mentirosa que declama una libertad que no siente ni practica. La primera libertad que debemos conquistar es la de decir la verdad, porque, como consecuencia de vivir un clima de falsedad permanente, nada puede construirse sobre bases firmes y duraderas. Aun los intereses paralelos que impulsan a la común acción deben asentarse sobre basamentos reales y cimentarse en la verdad y la lealtad. Cuando concurrimos a una conferencia internacional, aun entre países amigos, lo hacemos o con la suspicacia del "ventajero" o con la desconfianza "al brazo", porque ella viene siempre precedida de maniobras tortuosas y groseras en busca de designios que pretenden ser ocultos, destinados a engañar, a engañar siempre. ¡Cuánto más nos valdría emplear la verdad que echar mano de una ilusoria habilidad diplomática que no poseemos y que así se transforma en un acto de mala fe! Otro día asistimos abismados a las declaraciones beligerantes de un empleado de la organización, que pagamos todos para que nos sirva, pero no para que se arrogue la atribución de opinar por si. Poco después leemos, extrañados, las declaraciones guerreras, aunque.unilaterales, del representante de un país asociado a la ,Organización, y en otras ocasiones presenciamos las iniciativas de algún "personero" que no alcanza a ocultar las patas de la sota". Hay poca seriedad, mucha desorganización y gran parte de incapacidad en todo esto. Para hacer maquiavelismo, lo primero que hay, que poseer es un Maquiavelo. De lo sublime a lo ridículo hay un solo paso. Lo sublime es no darlo. Febrero 3 de 1951
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