Búsqueda personalizada

LA POLITICA, LA GUERRA Y LA DIPLOMACIA

 

EN el proceso y empleo técnico de los medios de la política internacional la diplomacia ha sido a menudo básica y decisiva. Sólo cuando ésta ha resul­tado ineficaz y los intereses lo han justificado se ha recurrido a la fuerza. En tales casos es función de la política crear las mejores condiciones para la realización de la guerra, en procura de los objetivos que la diplo­macia no ha podido conquistar. Esta es, en parte, tam­bién tarea de la diplomacia, y su desarrollo obedece a una orientación claramente definida.

La diplomacia representa la aplicación del conjun­to de conocimientos y principios necesarios para conducir con acierto los negocios públicos entre los Estados. Es una parte de la política, cuya acepción más am­plia nos la presenta como la aplicación del conjunto de las reglas que deben seguir los gobernantes en sus rela­ciones con los ciudadanos y con los otros Estados.

De ello se infiere la extraordinaria interdependencia exis­tente entre los factores de la política interna y los de la política internacional. En el "sentido honorable" de la palabra, la política es una sola, expandida en diversas direcciones que le dan nombres diferentes.

 

Es por eso un terrible error hacer depender unila­teralmente un aspecto del otro de la política. Todo debe ser armónicamente coordinado en forma de inter­dependencia y compenetración racional. Así resulta armónica y de conjunto. De lo contrario, adquiere as­pecto pasional, incongruente, unilateral o fragmentario, haciendo desaparecer el racionalismo integral, indispen­sable a toda apreciación razonable del conjunto.

La naturaleza en si es simple; la política, como un fenómeno de ella, es también simple hasta que los hombres, los grupos de hombres y sus intereses la complican con su incomprensión, sus pasiones y sus ambiciones. Para la buena política, sólo la falta de ecuanimidad y buena fe son más funestas que la ignorancia y la pa­sión de los hombres encargados de ejecutarla.

No pueden considerarse como de la diplomacia los métodos basados en la mentira, la calumnia, el engaño, la deslealtad y la traición. Por eso, para darle un nom­bre, se la llama "guerra fria ". Es algo como un periodo intermedio entre la diplomacia y la guerra, que carece de las formas honorables y serenas de la diplomacia, y no se somete a las reglas del honor militar de la lucha abier­ta y sincera que caracteriza a la guerra. Son los procedimientos de la delincuencia aplicados a la política. Es la forma de entrar con la ganzúa donde no se puede abrir con la llave honrada del ingenio y de la capacidad inteligente. Es algo así como el arte en manos de los delincuentes o la ciencia en poder de los malvados: un peligro para los pueblos y un azote para los Estados.

«Mucho me ha extrañado  decía Mohawia  que los hombres hayan tenido que recurrir a la violencia para lograr sus propósitos, pudiendo vencer al contrincante mediante la persuasión". Mucho más nos ha extrañado a nosotros que los hombres hayan debido recurrir a la delincuencia para lograr sus fines, pudiendo alcanzar sus propósitos mediante la persuasión y aun la violencia honrada.

 

LA diplomacia fuerte y prepotente de los incapaces siempre ha estado expuesta a desviarse hacia los campos de la pasión, de la mala fe y de la inmoralidad. Nunca ha sido un arma noble calumniar ni ultrajar al adversario. Hacer tales cosas con el que se pretende como amigo no sólo es insensato, sino también incali­ficable.

Hemos conocido de todo alrededor de la diplomacia de buena y de mala fe. No nos hemos sentido arrastrados por el deshonesto ejemplo que hemos sufrido. Evitamos la enemistad por temor a la astucia de los juiciosos y a la insensatez de los ignorantes.

Sin embargo, diplomacia de mala fe debemos llamar a la gestión de un embajador que convierte su embajada en un foco de espionaje, donde un agregado cultural lo dirige y el agregado militar, mezclado en un proceso por espionaje, recibe un término de veinti­cuatro horas para abandonar el país. En tanto el propio embajador transforma su cancilleria en algo así como un comité político, desde donde se dirige toda una cam­paña política presidencial, financiada con fondos ex­traidos mediante el chantaje de las "listas negras". Es natural que este embajador obrara con conocimiento oficial de su gobierno y firmatario de solemnes com­promisos de "no intervención en los asuntos internos de otros Estados".

Entre algunos países la diplomacia conserva las formas puras de inteligente capacidad y pulcritud. En otros casos vemos cómo se ha deformado, degenerado y prostituído al influjo de la superficialidad ensober­becida.

En algunos casos, excelentes embajadores habrían podido obtener óptimos resultados en sus gestiones fá­ciles y naturales a no ser por la malhadada intervención de organismos espurios colaterales, que, actuando por cuerdas separadas, se encargaron de irritar allí donde la diplomacia suavizaba, de embarullar donde la diplomacia aclaraba y de envilecer donde la diplomacia en­noblecia. Ello sucede

 porque los grandes sectores en lucha, en plena guerra fría, por falta de capacidad, se sienten compelidos a aplicarnos sus métodos a los de mas, sin observar que el efecto aquí es de asombro primero, de indignación después, de oposición luego. Esto, aparte de contraproducente, es peligroso, porque según los árabes "está más cerca de la salvación el que se en­cuentra en estado vigilante sobre un adversario más fuerte, que el poderoso que se burla de la debilidad del enemigo", aparte de que las moscas irritan y fastidian al mayor de los elefantes".

Algunos  Estados poseen un numeroso servicio ex­terior que resulta absolutamente inoperante, por haber sido literalmente reemplazado por la acción del espio­naje (agencias de noticias, prensa, radio, empresas en­mascaradas de industriales pertenecientes a los servicios de inteligencia, agentes provocadores, organizaciones económicas, sociales, políticas y culturales, organizaciones sui géneris, etc.) que actuando sin coordinación e independientes crean un verdadero caos, peligroso para las buenas relaciones y aun para la existencia de la misma paz.

 

EMPLEAR los órganos del servicio exterior para la acción o la defensa de esas organizaciones y per­sonas que actúan al margen de la ley y de las buenas costumbres es faltar a la fe internacional y al decoro y delicadeza que se deben los Estados entre sí, aparte que atentar contra el principio básico y fundamental de la razón de existir de dichos organismos. El pretender que se lo realiza disimuladamente no hace sino agregar vergüenza al oprobio.

La diplomacia es una actividad noble y elevada. Sus designios, claros y honrados. Actúa en representa­ción de Estados, y por lo tanto es inexcusable cuando lo hace en los bajos menesteres de la intriga y la traición. Pierde automáticamente sus privilegios y fueros cuando actúa directa o indirectamente combinada con orga­nismos delictuosos al margen de la decencia y el buen proceder.

 

julio 12 de 1951

 

 

 Pagina Principal

 

Mapa del Sitio
Copyright © 1998-2007 - DS Tecnologia® manager@dstecnologia.com.ar