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El imperio distribuidoPor Francisco José Pestanha
En los últimos días, y desde dos provincias argentinas, sendos lectores me han hecho llegar algunos interrogantes respecto a la caracterización que he formulado sobre el actual proceso imperial. Voy a aprovechar entonces esta nueva oportunidad para explayarme sobre esta cuestión, dejando para un futuro ensayo, el desarrollo mas profundo de los tópicos que voy a plantear en el presente. En primer lugar, debo manifestar que a criterio de quien les escribe, existe en nuestra especie una propensión ancestral hacia el dominio y la apropiación “del otro” y “de lo otro”, tendencia que se manifiesta desde los niveles mas elementales de relaciones interpersonales, hasta las sociales mas complejas. La presencia durante toda historia de la humanidad de pretensiones imperiales o de imperios, da cuenta así de un fenómeno que, llevado hasta las ultimas consecuencias, ha llevado a sostener que la historia de la humanidad puede ser descripta como el relato de las pretensiones y de las experiencias imperiales. Aunque comúnmente suele asociarse la palabra imperio a ampulosos procesos expansivos con pretensiones civilizatorias universales, y en ese sentido, citarse como ejemplo al imperio romano, al sacro imperio romano germánico, o al inglés de la era victoriana, lo cierto es que las experiencias imperiales se encuentran presentes en la historia de todos los continentes, y en tanto, no resultan propiedad exclusiva de la vieja Europa. Muy por el contrario, Asia, África e inclusive nuestra América prehispánica, han sido testigos y participes, de ensayos imperiales concretos. Todo experiencia imperial comprende en cierto sentido una faz material y otra simbólica. La primera, se manifiesta a partir de las más diversas estrategias militares y económicas, y la segunda, mediante la presencia (en todo imperio) de un paradigma civilizacional auto - convencido de superioridad. El imperio romano en ese sentido se caracterizó, no obstante su preeminencia militar y su inusual sistema de intercambio de mercaderías, por su nítido sentido civilizatorio. Ahora bien, en estas últimas décadas y sobre todo a partir del surgimiento de la idea fuerza acuñada bajo el neologismo “globalización”, la presencia del fenómeno imperial fue lisa y llanamente ocultada. Dicho ocultamiento, contó con la inusual complicidad de importantes sectores de las elites intelectuales de occidente, con los medios de comunicación masivos, y además, con el soporte de clara connotación negativa que, en esta parte del mundo, posee la noción de imperio. Se plantea aquí un primer interrogante: ¿Cuáles son las razones que han favorecido dicho ocultamiento?. Para aproximarse hacia una respuesta a dicha incógnita, corresponde hacer breve referencia a la noción que corrientemente se tiene de imperio. Así, a mi entender, se encuentra fuertemente internalizada en nosotros la idea que, todo imperio, se constituye a partir de un estado enaltecido que se expande o pretende expandirse geopolítica y económicamente a través del recurso de la fuerza, y que además, se encuentra representado por un líder perfectamente determinado, y con frecuencia, sujeto de culto personal. Esta prototipo que ha representado y suele representar aún el conjunto de las diversas experiencias imperiales acaecidas a lo largo de la historia, no resulta adecuado para observar las características el nuevo fenómeno hegemónico, ya que el actual ensayo imperial, ha asumido una inusual formación; es distribuido. Para lograr comprender ésta afirmación en su verdadero sentido, debemos tomar cabal conciencia que todo fenómeno imperial específico genera una propia experiencia histórica, la que a la vez, obra de antecedente para otra. Hay entonces una historia de los imperios y en tanto una experiencia histórica imperial. Dicha contingencia es la que ha determinado en estos tiempos una nueva configuración del imperio, cuya característica principal es precisamente, la dificultad para establecer su núcleo primario. Michel Schooyans, sacerdote belga especializado en la cuestión demográfica, ha descrito con enorme lucidez este fenómeno, sosteniendo que el imperio naciente “...no procede de las ambiciones hegemónicas de un estado particular...” y que el mismo se expande a partir de un consenso de la “internacional de la riqueza”. Afirma además que en este nuevo imperialismo, “...nadie sabe quien decide ni quien es responsable...” y sigue “...todo es anónimo, impersonal y secreto...” ya que “...el productor ideológico está oculto...”. Comparto plenamente tales afirmaciones. Cualquier paisano puede comprobar que las experiencias imperiales anteriores a la presente tenían una característica estructural, su núcleo podía distinguirse. En aquellas épocas, era probable identificar el centro de expansión con un estado determinado e inclusive con una figura determinada. En Roma, el estado romano o su emperador, en Inglaterra, el estado inglés, su monarca o su primer ministro. En la actualidad si bien es posible describir una nueva formación imperial con cierto eje en los EEUU, la situación se torna sumamente dificultosa por varios aspectos. El primero se vincula a la profunda sensación de impersonalidad que genera la existencia de un eje imperial, que no esta concentrado en un espacio físico determinado, ni cuenta con un líder indiscutible. El commonwealth en ese sentido, constituye un complejo sistema de relaciones que cuenta con alto grado de desconcentración, y que además, se encuentra vinculado hacia el exterior en un enmarañado entramado de relaciones. Dicho entramado además, se potencia a partir de otro fenómeno, el de la multinacionalidad del capital, hecho que si bien no resulta novedoso, obstaculiza aún más la determinación de un eje central que El circuito se completa con la múltiple convergencia entre dichos intereses y los de los sectores dominantes de las sociedades sujetas a su hegemonía. A la distribución en materia geopolítica y económica se le agrega un tercer factor: la distribución en materia religiosa. El paradigma civilizacional actual, en materia religiosa, presupone una distribución de fe a partir de la multiplicación de formaciones religiosas, sin una conducción concentrada, con múltiples acoplamientos entre ellas y con un sentido común de trascendencia. Por ultimo, el sentido civilizacional del nuevo imperio es de por definición distribuido. La exaltación del individuo (individualismo), el cambio de entidad de persona humana a consumidor, el culto al darwinismo social, el desprecio hacia toda experiencia colectiva que no tenga una finalidad económica, y el culto a la estética, constituyen, entre otras, las características de una civilización que se expande mediante una serie de estrategias inéditas hasta el momento. Vivimos la era del imperio distribuido. A pesar de los esfuerzos por ocultarse, él existe y ha adquirido la capacidad de mutar constantemente hacia formaciones tan complejas, que tornan cada vez más dificultosa su determinación, y que hacen más efectiva su hegemonía. La noción de imperio que veníamos acuñando en el pasado no resulta apta ya para analizar esta nueva formación que es política, económica, cultural y simbólicamente distribuida. El imperio señores, ha aprendido de la experiencia histórica, y quienes nos dedicamos a observarlo, debemos tener perfectamente clara esta contingencia.
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