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                                   ESTRATEGIA

 

PREGUNTADO en cierta ocasión Napoleón sobre cómo habia vencido a los austriacos, reputados en su época como los mejores militares, se limitó a decir: "Los generales austríacos saben demasiadas cosas". Lucubraciones complicadas llevan siempre a conclusiones confusas. Lo que se necesita apreciar y resolver es lo fundamental del conjunto.

Los avances del imperialismo soviético se hacen sentir en dos campos: el internacional y el interno. Es indudable que si no existiera la Rusia comunista la pene­tración de la ideología comunista en los países no sería un peligro. También es cierto que si la infiltración comunista en los países no se hubiera ya producido la existencia de Rusia comunista no representaria un peligro para el mundo.

Parecería inferise así que la solución seria terminar con el comunismo en nuestros países. Si no somos capaces de ello no habría otra solución que enfrentar la guerra.

 

Es indudable que para la primera solución  terminar con el comunismo en nuestros países  hay que considerar que, siendo el comunismo una doctrina, sólo puede ser vencida por otra doctrina mejor. El capitalismo se ha mostrado insensible a las justas reclamaciones de los pueblos e incapaz de comprender la evolución; por eso ha sido superado por el comunismo. El es el culpable de la penetración comunista.

Nuestro justicialismo ha demostrado ser una solución, superando al capitalismo y al comunismo y, sin embargo, ha sido y es combatido por ambos en un contubernio inexplicable.

Sabemos todos que la solución puede surgir a base de la supresión total y definitiva de toda idea de explotación del hombre. Sin embargo, el comunismo insiste en la expoliación por el Estado y el capitalismo en la explotación del hombre por el hombre.

Si el mundo capitalista se decidiera por la justicia que sabemos no asegura tampoco el comunismo y renunciara a un poco de su avaricia y egoísmo, se Podría llegar a una solución sin guerra. Mucho me temo, sin embargo, conociendo a los hombres, que ello no sea posible.                                  

LA conducción de la guerra constituye una de las formas más difíciles del arte. Así como no hay una receta para confeccionar una «Piedad de Miguel Ángel o una «Cena" de Leonardo, no existe tampoco una fórmula para lograr un "Cannas" de Aníbal o un "Chacabuco" de San Martín. Existen, en cambio, principios eternos  e inmutables que rigieron este arte a lo largo de la historia militar de todos los tiempos.

La "Economía de la Fuerza" es uno de ellos. Establece que es menester ser más fuerte en el teatro principal de operaciones, dentro de él en la batalla, y de ésta en el lugar donde se busca la decisión (centro de gravedad).

La guerra, en el campo estratégico o en el táctico, se desarrolla en numerosas acciones separadas en el tiempo y en el espacio. De esas acciones, una es la principal; las demás son todas secundarias. El arte, en la conducción implica destinar los medios principales a la acción principal, resignando a las secundarias los medios más secundarios posibles. Quien pretenda ser fuerte en todas partes, termina generalmente por no serlo en ninguna.

La tercera guerra mundial se ha iniciado ya, pero en un frente secundario: el Asia. Ambos probables beligerantes se aprestan aceleradamente, abarcando los medios en el principal: Europa. Surgirán, indudablemente, otros teatros de operaciones; pero, a pesar de ello, puede destacarse que, nuevamente, el destino del mundo ha de jugarse y decidirse en Europa.

 

En estas circunstancias sería grave error que los oeccidentales se dejasen atraer al Asia con fuerzas importantes para empeñarlas allí. Los hombres y los medios que se empleen en el Asia pueden faltar en la hora de la decisión en Europa.

Estamos persuadidos de que la intervención del general Eisenhower, que demostró siempre conocer su oficio, ha de corregir muchos de los errores cometidos por la política norteamericana.

El esfuerzo de esta guerra, como su dirección, estará en manos de las naciones del Atlántico Norte. Será suficiente que las demás naciones de la comunidad occidental provean a su propia seguridad, como lo establecen los pactos de Rió, y sirvan a los abastecimientos para mantener su vigorosa aptitud combativa.

Pensar en movilizar hombres de los países infrapoblados para acudir a la defensa de los superpoblados seria un anacronismo que no resistirla el menor análisis. En nuestros países, cada hombre será indispensable en el esfuerzo de la producción.

 

Febrero 8 de 1951

 

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