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El acceso a la verdad histórica es una parte substancial del derecho a la identidad. Negar una parte de ella es negarnos a nosotros mismos y en tanto una tarea infecunda, ya que tarde o temprano a todo Sarmiento le llega su Martín Fierro y a todo Mitre su Saldías.

 

 

El derecho a la identidad nacional

Por Francisco José Pestanha

fpestanha@arnet.com.ar

 

“...Pero afortunadamente hay otro pasado argentino que no por desconocido es menos real. Hay una historia argentina que reconforta a quienes siempre creímos en la Argentina y en sus destinos; una historia en la que abundan hombres y rasgos de firme y neto patriotismo. No importa que la historia liberal haya ocultado esos rasgos y lapidado a esos hombres con epítetos denigrantes, para mejor cumplir su tarea...”          JOSÉ MARÍA ROSA                       

 

El derecho subjetivo a la identidad ha cobrado plena vigencia en la actualidad a consecuencia de los trágicos episodios de la década del ´70 y, fundamentalmente, a partir de la desaparición forzada de personas y la apropiación ilegítima de menores.

 

Hace más de veinte años, familiares y amigos de los damnificados, pugnan denodadamente para que su descendencia pueda reencontrarse con sus verdaderos orígenes biológicos e históricos en un intento de reparar parcialmente el daño causado por el terrorismo de estado  a una generación de argentinos.

Esta actitud férrea e incansable, que ha llevado esta cuestión hasta los máximos organismos judiciales nacionales e internacionales, da cuenta en forma preclara de la importancia que tiene para cada individuo, como ser histórico, su ascendencia y su pasado.          

 

Pero el derecho a la identidad en manera alguna puede circunscribirse al campo de lo individual sino, muy por el contrario, se extiende naturalmente a comunidades y pueblos. Tal derecho, a pesar de los denodados esfuerzos que viene efectuando el individualismo racionalista por negarlo, es a la vez individual y colectivo.

 

El reconocimiento del derecho a la identidad colectiva posee vastos antecedentes y encuentra en el principio de autodeterminación como su arista más difundida. Obtiene además sustento jurídico en los mismos principios que le reconocen al individuo tal derecho.

 

En ese sentido, así como la  supresión total o parcial priva al sujeto de una parte sustancial de su ser bio-gráfico y en tanto omite su pasado, altera su presente y condiciona su futuro, la sustitución total o parcial de aspectos identitarios de orden biológico, cultural o histórico de una nación, priva a su comunidad de su propio ser constitutivo y en consecuencia debe ser objeto de la misma protección que la individual.

 

Los modos de sustitución y/o privación de dichos aspectos a un grupo social determinado son vastos e implican múltiples estrategias. Estas abarcan desde los más aberrantes procedimientos de supresión física hasta los mecanismos más sutiles de despojo deliberado de procesos y sucesos históricos relevantes.

 

Sobre esta última cuestión voy a hacer hincapié en este ensayo, a fin de advertir al eventual lector de las graves consecuencias que pueden generar ciertas tácticas de ocultamiento en el desarrollo evolutivo de una sociedad determinada.

        

A modo de ejemplo, y a fin de sustentar tales afirmaciones, voy a  relatar cierta etapa de nuestro pasado y mostrar las aparentes razones que llevaron a los miembros de una generación a silenciar y desfigurar procesos y sucesos.

 

Cuentan los historiadores que el 14 de mayo de 1810 a bordo del barco británico Mistletoe llegaron a Buenos Aires, noticias provenientes de Europa respecto de la situación política en la metrópoli.

 

La misma España, que durante más de tres siglos se había constituido en dueña y señora de los mares, vencedora de los turcos en Granada y protectora de occidente, caía finalmente en desgracia seguramente presa de sus propias contradicciones internas, luego de un lento proceso de decadencia.

 

Un mercantilismo de base metálica vinculando las colonias con fines exclusivamente extractivos, una burguesía parasitaria consolidada a partir de emprendimientos económicos carentes de impulsos productivos, la ausencia de una unidad precisa y monolítica y una nítida dependencia con el Papado dieron cuenta de un otrora esplendoroso imperio.

 

Pero más allá de las contradicciones planteadas precedentemente, los íberos a partir del descubrimiento del nuevo mundo, encararon respecto a América una seria empresa de conquista y no una tosca una cruzada religiosa  tal como la pretendió catalogar  y disfrazar cierta corriente historiográfica.

 

Cabe destacar en ese sentido que la empresa imperial española se inició bajo el sistema de capitulaciones; una modalidad a partir de la cual el emprendimiento colonizador y sus riesgos eran afrontados no por el estado Español sino por particulares impulsados por ansias de riqueza y dotados de cierto espíritu de aventura.

 

Así las cosas los peninsulares, bajo una impronta inicial privada, iniciaron un proceso de conquista en el que involucraron no solamente las instituciones necesarias para garantizar los beneficios económicos sino, además, todas las herramientas necesarias para expandir su propio paradigma civilizatorio mediante la exportación de los aspectos destacados de su sistema institucional y de sus valores culturales, morales y religiosos.   

 

Ahora ¿por qué este proceso de colonización suele ser tan descalificado?.

 

         En principio, y antes de proseguir el relato, debo aclarar a fin de evitar sutiles comentarios que ningún hombre de bien puede justificar procesos históricos construidos a partir de la supresión biológica y cultural de comunidades o razas y de hecho la conquista española lo ha sido. 

 

Pero la historia es un proceso irreversible y a la vez constitutivo; negarle ese aspecto es negar la historia misma. El hombre en sí mismo es un ser histórico y, como tal, producto de sus propias acciones.

 

Respecto al interrogante planteado, cabe destacar que una  parte sustancial de la historiografía corriente, es decir la que se enseña en todo el ciclo escolar y la que se difunde por los grandes medios de comunicación, fue forjada a partir del influjo de la denominada generación del noventa.

 

Nutrida a la sazón de la capitis deminutio del imperio Español, dicha generación vinculada fundamentalmente a la burguesía mercantil porteña y a partir de la adopción de una estrategia intelectual coherente con sus propios intereses, impulsó  por todos los medios posibles acoplarse al impulso anglo–francés y luego inglés en un intento por incorporar a la comunidad local en el “primer mundo de la época”.

 

Ese “primer mundo civilizado”, constituido por los vencedores, se había convertido con posterioridad a la Revolución Francesa en un exportador privilegiado de bienes materiales y simbólicos. Posiblemente para muchos miembros de la referida generación constituía una inmejorable oportunidad para incorporarse al tren del progreso.

 

Las relaciones entre la burguesía local y conspicuos representantes  del sector público y privado de Inglaterra y Francia no eran novedosas. Formaron parte de un sistema de intereses comunes, sobre todo a consecuencia del sistema monopólico que España había establecido con sus colonias.

 

A pesar de los esfuerzos de Carlos III, la metrópoli no pudo, o no supo, o quizás no pretendió establecer un régimen que permitiera satisfacer los impulsos de progreso de este sector social. El bloqueo continental napoleónico (en principio aliado a España) contribuyó, además, a que Inglaterra potenciara las relaciones con la burguesía local para garantizar las exportaciones de sus manufacturas.

El contrabando y otras formas de vinculación económica informal no solamente constituyeron una oportunidad para que los comerciantes locales realizaran fructíferos negocios sino también para que Francia y luego Inglaterra desplegaran estrategias persuasivas en materia ideológica.

 

A pesar de estas fuertes vinculaciones, el proceso de colonización por parte de España fue sustancialmente diferente al desplegado por Inglaterra.

 

         El referido sistema de capitulaciones, el mestizaje forzado, la impronta misiones de las  jesuíticas, la fuerte presencia de la Iglesia Católica, la ratio studiorum, la expansión de la conquista  hacia el interior, el sistema institucional, la vinculación con el aborigen y la constitución cultural del mundo hispánico fueron, entre otros, elementos que diferenciaron sustancialmente ambos procesos y que constituyeron una base material y simbólica desemejante en el Norte y en el Sur.  

 

Concientes o no de esas diferencias estructurales existentes entre la base constitutiva de Ibero América y Norte América, y sin detenerse en las consecuencias que ello podía acarrear, conspicuos integrantes de esa generación como Sarmiento, Mitre o Echeverría, en su afán por promover un sano acoplamiento el horizonte de los vencedores, no dudaron ni un ápice en desconocer total o parcialmente elementos sustanciales en la constitución de nuestra identidad biológico-cultural y en formular estrategias para suprimirlos.

 

Surge claramente de sus dichos y de sus obras la necesidad de adoptar a libro cerrado los principios y formulaciones de la noción anglosajona del progreso indefinido; aunque dicha adopción implicara la supresión concreta de ciertos actores, de múltiples sucesos históricos y de numerosas pautas culturales que no resultaran funcionales a la conformación de dichos principios y formulaciones.

 

La historiografía liberal intentó, y aún lo hace, ignorar o lisa y llanamente suprimir relevantes procesos y actores históricos de conformación nacional, a partir de los cuales se establecieron formas constitutivas de nuestra comunidad e identidad nacional bajo el influjo de la vinculación hispánica y aborigen y de fenómenos e instituciones que estuvieron presentes en el proceso colonial.

 

Dicha estrategia adoptada se extiende aún a procesos posteriores vinculados a los aportes biológico-culturales de cierta inmigración “no deseada” por los precursores vernáculos de laissez faire.

 

Pero un presupuesto esencial del derecho a la identidad es el acceso a la verdad histórica, hecho que nos obliga a rever ciertos aspectos de la nuestra y a recuperar así parte sustancial de nuestro pasado común.

 

La historia es un proceso que da cuenta del desarrollo evolutivo de los individuos y de las naciones. Nuestra historia es algo más que la simple suma de una serie de sucesos protagonizados por diversas generaciones, y el presente y el futuro, la consecuencia de este desarrollo.

 

El acceso a la verdad histórica es una parte substancial del derecho a la identidad. Negar una parte de ella es negarnos a nosotros mismos y en tanto una tarea infecunda, ya que tarde o temprano a todo Sarmiento le llega su Martín Fierro y a todo Mitre su Saldías.

 

Se permite la reproducción citando la fuente.

El contrabando y otras formas de vinculación económica informal no solamente constituyeron una oportunidad para que los comerciantes locales realizaran fructíferos negocios sino también para que Francia y luego Inglaterra desplegaran estrategias persuasivas en materia ideológica.

 

A pesar de estas fuertes vinculaciones, el proceso de colonización por parte de España fue sustancialmente diferente al desplegado por Inglaterra.

 

         El referido sistema de capitulaciones, el mestizaje forzado, la impronta misiones de las  jesuíticas, la fuerte presencia de la Iglesia Católica, la ratio studiorum, la expansión de la conquista  hacia el interior, el sistema institucional, la vinculación con el aborigen y la constitución cultural del mundo hispánico fueron, entre otros, elementos que diferenciaron sustancialmente ambos procesos y que constituyeron una base material y simbólica desemejante en el Norte y en el Sur.  

 

Concientes o no de esas diferencias estructurales existentes entre la base constitutiva de Ibero América y Norte América, y sin detenerse en las consecuencias que ello podía acarrear, conspicuos integrantes de esa generación como Sarmiento, Mitre o Echeverría, en su afán por promover un sano acoplamiento el horizonte de los vencedores, no dudaron ni un ápice en desconocer total o parcialmente elementos sustanciales en la constitución de nuestra identidad biológico-cultural y en formular estrategias para suprimirlos.

 

Surge claramente de sus dichos y de sus obras la necesidad de adoptar a libro cerrado los principios y formulaciones de la noción anglosajona del progreso indefinido; aunque dicha adopción implicara la supresión concreta de ciertos actores, de múltiples sucesos históricos y de numerosas pautas culturales que no resultaran funcionales a la conformación de dichos principios y formulaciones.

 

La historiografía liberal intentó, y aún lo hace, ignorar o lisa y llanamente suprimir relevantes procesos y actores históricos de conformación nacional, a partir de los cuales se establecieron formas constitutivas de nuestra comunidad e identidad nacional bajo el influjo de la vinculación hispánica y aborigen y de fenómenos e instituciones que estuvieron presentes en el proceso colonial.

 

Dicha estrategia adoptada se extiende aún a procesos posteriores vinculados a los aportes biológico-culturales de cierta inmigración “no deseada” por los precursores vernáculos de laissez faire.

 

Pero un presupuesto esencial del derecho a la identidad es el acceso a la verdad histórica, hecho que nos obliga a rever ciertos aspectos de la nuestra y a recuperar así parte sustancial de nuestro pasado común.

 

La historia es un proceso que da cuenta del desarrollo evolutivo de los individuos y de las naciones. Nuestra historia es algo más que la simple suma de una serie de sucesos protagonizados por diversas generaciones, y el presente y el futuro, la consecuencia de este desarrollo.

 

El acceso a la verdad histórica es una parte substancial del derecho a la identidad. Negar una parte de ella es negarnos a nosotros mismos y en tanto una tarea infecunda, ya que tarde o temprano a todo Sarmiento le llega su Martín Fierro y a todo Mitre su Saldías.

 

Se permite la reproducción.

 

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