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ANTICIPO PARA LA HISTORIA

 

Cuado se escriba la historia de esta guerra, empe­zará con él capitulo con que comienzan todos los estudios de este orden: "LAS CAUSAS DE LA GUERRA".

Es indudable que quien escriba desapasionadamente y sin preconcepto se encontrará en una difícil situación para desentrañarlas dentro del enmarañado fárrago de mentiras, simulaciones y falacias con que los autores y culpables de esta guerra han pretendido salvar su responsabilidad de apoyar causas inconfesables.

Lo más prudente será hacer dos capítulos: uno sobre las CAUSAS y otro sobre IOS PRETEXTOS.

 

EN estos momentos Rusia, que pretende ser la campeón de la defensa de la paz, ha agitado a todo él

Mundo comunista tras una misma paloma estilizada, realizando congresos, mítines, conferencias y reuniones pro paz.

La UN, con su secretario a la cabeza, no hace otra cosa que declamar la paz y ensayar su defensa en nombre de los "pueblos libres" del mundo, a quienes nadie ha consultado, porque si lo hiciera se llegaría a la triste conclusión de que ellos, los pueblos, son los únicos pacifis­tas, a pesar de que sus gobernantes ‑ embarcados en la defensa de intereses disfrazados de ideales ‑ los arroja­rán desaprensivamente al "matadero".

¡Se trata, sin duda, de una guerra en defensa de la paz!

Todos los días leemos declaraciones de los verdade­ros responsables de la guerra que se manifiestan pacifistas y, por lo tanto, optimistas en pensar que aun la guerra “no es inevitable", mientras movilizan, desplazan sus fuerzas y empiezan nuevas operaciones en esta guerra, ya en plena realización y desarrollo.

Si Rusia, que llama a su régimen” democracia PO­PULAR", y los. occidentales, que se declaran propietarios de Los principios democráticos y de la libertad, resol­vieran, por la libre determinación de los pueblos y en defensa de esa libertad y de esa democracia que procla­man, realizar en todas las naciones un plebiscito para escuchar también la voluntad de los pueblos, llegarían a la conclusión objetiva de que los únicos que desean y arrojan al mundo a su destrucción son los gobiernos, porque todos los pueblos del mundo, cansados de luchar, sólo anhelan vivir en paz con lo que tienen.

Llegaríamos así a la conclusión de que la humani­dad estaría mejor gobernada y dirigida por los pueblos que por los personeros que, mediante diversos recursos y arbitrios de la política, pretenden hacernos creer que los representan.

 

Vivimos una época de usurpadores, desde que los que gobiernan hacen en nombre y representación de los pueblos precisamente todo lo contrario de lo que los pueblos quieren.

Las causas de esta guerra no hay que buscarlas en­tonces en los ideales de los pueblos, porque esos ideales son precisamente contrarios a la guerra misma. No hay tampoco que buscarlas en el enfrentamiento de dos mun­dos ni de dos ideologías, porque aun ese problema puede resolverse pacíficamente mediante la propia y libre deter­minación de los pueblos. ¿Quién puede dudar hoy día en la Argentina acerca de cuál es la ideología de su pueblo? ¿Será necesario que peleemos y nos matemos en las calles para saberlo? ¿Cuántos han muerto para que nuestro Justicialismo impere por derecho de mayoría en este país? ¿Por qué no se hace lo mismo en el mundo?

Y si Rusia quiere ser comunista, ¿qué nos importa a nosotros? ¿Es que acaso podremos hacer creer a alguien

que vamos a hacer matar 50 o 100 millones de hom­bres para que los rusos, que nunca fueron libres, disfru­ten de una libertad que a lo mejor no la quieren?

¿Es que alguna vez ha habido un mundo libre? ¿Po­drian decir eso Polonia, Rumania, África, Malvinas, Puerto Rico y cientos de pueblos más?

 

Los justicialistas comprendemos bien estas cosas por­que por el delito de serlo, en nuestro país, en nom­bre de esa libertad, se nos ataca embozada o abiertamen­te, desde todas las posiciones, ya sea por los comunistas como por los capitalistas y sus gobiernos.

Podríamos repetir aquí la inmortal sentencia: Oh libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Las causas son sólo dos: intereses y, para servirlos, PREDOMINIO.

 

Más les valdría a los hombres, frente a la Historia, confesar honradamente sus designios.

Por lo menos así la Historia podría decir algún día que obraron valientemente por la consecución de sus ambiciones y no escudados cobardemente detrás de la infamante máscara de la simulación.

 

Febrero 22 de 1951

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