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Afecto o repudio
Por Francisco José Pestanha Sarmiento abrazó a los asesinos del Chacho y le escribió a Mitre: “He aplaudido la medida precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían aquietado en seis meses” (cit. Salvador Ferla. “De martires y verdugos”) La apropiación es aquel evento mediante el cuál un determinado individuo toma para sí alguna cosa y se hace dueño de ella. Dicho fenómeno - en un sentido amplio – parecería manifestarse en todas las especies del universo, y en lo que respecta a la nuestra, presenta además un significativo grado de simbolización. La apropiación de los objetos materiales o de los productos simbólicos juega un rol primordial en el desarrollo evolutivo de cada individuo, y en especial, en el proceso de formación de su identidad. Nótese por ejemplo que la disputa por la apropiación de los recursos escasos es constitutiva en sociedades como la nuestra, y en tanto, uno de los elementos determinantes en la formación de las identidades. En lo que respecta a su faz colectiva, la apropiación por parte de las comunidades humanas, de los diversos ámbitos físicos y geográficos del planeta, como así también de la producción cultural generada a partir de la relación de sus individuos entre sí y de éstos con el entorno (el que incluye a otras comunidades), resulta nítidamente determinante en la constitución de las identidades colectivas. Respecto a esta última consideración, de la simple observación sobre la dinámica de sociedades similares, puede concluirse la existencia de una serie de bienes y productos materiales y simbólicos que se encuentran sujetos a una dinámica de “apropiación individual”, pero también de otros, que se encuentran “por sobre el juego de los intereses individuales” y considerados por el total como de propiedad común. Ejemplo de ello lo constituyen las reservas naturales, biogenéticas y paisajísticas de nuestro país - que aun bajo persistentes amenazas - siguen perteneciendo al patrimonio común. En esta misma línea de razonamiento, puede sostenerse que todo fenómeno de apropiación supone una vinculación entre “el apropiante” y “lo apropiado”, relacion además que se encuentra sujeta a diferentes grados de afectividad que abarcan desde el mayor nivel de afecto hasta el repudio manifiesto. Las consideraciones precedentes pueden ser utilizadas para abordar el estudio de la realidad nacional, y en particular, la relación entre sus habitantes y su substrato material y simbólico. A tal efecto, se plantea inicialmente un primer interrogante: ¿cómo hemos encarado los argentinos la relación de apropiación con nuestros bienes materiales y simbólicos comunes? La respuesta al enigma planteado excede las posibilidades del presente ensayo. Considero, por otra parte, que una aproximación al tópico esbozado plantea una multiplicidad de variables y alternativas, cuya sistematización se tornaría sumamente dificultosa. Es por esa razón que sencillamente, voy a enunciar algunas reflexiones respecto a un sector determinado de nuestra sociedad, la intelligentzia, que tan minuciosamente definiera Jauretche , y sobre la cual pueden efectuarse algunas precisiones. Aunque no soy partidario de las generalizaciones, debo reconocer, como magistralmente lo demostró jauretche en su tiempo respecto al medio pelo, que desde un abordaje sociológico, resulta plausible analizar las costumbres, conductas y expectativas de los diferentes sectores sociales, y extraer de dicho análisis, ciertas regularidades. Debo reconocer además que la relación intelectualidad – nación ha sido objeto de numerosos ensayos que han dado cuenta palmariamente de la situación colonial de dichas estructuras de producción de sentido y de muchos de sus conspicuos integrantes. Domingo Faustino Sarmiento, por ejemplo, a quien la historiografía liberal – Mitrista ha erigido inmerecidamente como padre de la educación Argentina, solía repetir una de sus máximas que rezaba algo así como que “el problema de la Argentina era su extensión”. Dicha fórmula fue profusamente difundida en los ambientes “intelectuales” de nuestro país durante decenios, y sólo recién a mediados de la década de los ´60, a partir de la lucidez de don Arturo, convertida en una de las tantas zonceras criollas. Mediante aquel mensaje, el ilustre Sanjuanino, pretendía mostrar a la “sociedad” de la época, los inconvenientes, las inconsistencias y las desventuras de un extenso país poblado con una “reducida e inapta” población. Así, la disminución de los límites territoriales y la substitución sistemática del “elemento humano” compuesto por mestizos, indios e hispanos, por blancos nórdicos, transformaría a estas bárbaras tierras en una panacea de “civilización”. Tan célebre axioma constituye uno de los tantos prototipos históricos de la ostensible falta de apego, de parte de vastos sectores de la intelligentzia vernácula, respecto al “sustrato material” sobre el que se asentó nuestra patria. Aún en la actualidad, cuando es pacíficamente reconocida la importancia estratégica de la imponente diversidad natural que posee el país, es común escuchar en los contertulios de cierto progresismo próspero, la ponderación indiscriminada de las bellezas geográficas de oriente o de Europa o de cualquier región del mundo, en detrimento de las nuestras, aun cuando ese tipo de comparación, constituye un ejercicio anacrónico, irracional y autoritario, ya que justamente los recursos naturales, por definición, no admiten comparaciones de tipo valorativo. Respecto a la producción cultural local la situación se plantea en forma similar. La cultura - como producción colectiva - es la expresión de un conjunto de seres que coexisten, interactúan e intercambian experiencias, sensaciones, practicas y expectativas. La cultura nos dice algo de lo que “se es”. La cultura Argentina como parte integrante de la íbero-americana es profundamente vasta, rica, y promisoria. Es el producto de aquello que nos legaron y aún transmiten las numerosas comunidades prehispánicas originarias integrantes de nuestra nación (la historia del poblamiento en la región data estimadamente de 15.000 años), el relevante aporte de los íberos, de la mixtura entre ambos, y posteriormente, de las aportaciones provenientes de las corrientes migratorias de fines del siglo XIX y principios del XX.. La carencia de apego de este particular sector también se ha manifestado históricamente y aún se manifiesta respecto al sustrato simbólico. Así, destacados productos culturales nacionales han sido y son en la actualidad objeto de discriminación y rechazo por parte de la intelligentzia doméstica. En los ámbitos académicos - aunque resulte patético - perece reinar todavía ese amanerado afrancesamiento de la belle epoque que tanto despreció al emergente de tierra adentro y que desconoció - entre otros - el profundo valor cultural e identitario del folklore, y de algunas expresiones de la denominada música tropical que se desarrolla en el país hace mas de 50 años. Un interesante ejercicio de imaginación nos desafiaría a conjeturar con una intelectualidad argentina substituyendo ese desamor crónico por lo propio por una relación afectiva por las cosas del país. Imaginársela, por ejemplo, renegando de esa compulsión por el “turismo obnubilativo” y concentrada, a partir de un proceso de conocimiento preciso, en la relación primaria, y en tanto afectiva, con su medio físico a la usanza del que se ha desarrollado en otras comunidades. He podido constatar personalmente como los intelectuales japoneses asumen una alta cuota de valoración por su propio entorno, a pesar de ser hijos de un país poco dotado en este sentido. Igual ejercicio podría adoptarse respecto a nuestro propio universo cultural y conjeturarse con ámbitos académicos puestos definitivamente al servicio del fortalecimiento de la producción simbólica, como es costumbre de sus pares mexicanos y brasileros. Lo afirmado no implica en manera alguna que quien les escribe, se incline por la adhesión compulsiva a una determinada corriente estética, y menos aún, por su imposición autoritaria; tampoco que se promueva desde esta tribuna la supresión en dichos ámbitos del estudio y análisis de la producción simbólica universal. Muy por el contrario, lo que se sostiene, o más específicamente se reclama, es un ejercicio que, mediante una profunda modificación en las estructuras de producción de sentido, impulse en los ámbitos de referencia, una alteración en los criterios de reconocimiento y ponderación de aquellos frutos culturales que surgen de las entrañas del pueblo, y además que dicho ejercicio se transforme en actividad prioritaria. Ninguna nación puede desarrollarse cabalmente sin una intelectualidad comprometida con su destino; en particular, en aquellas que como la nuestra atraviesan una nueva fase semi – colonial, el rol de los intelectuales debe concentrarse primordialmente en el fortalecimiento y el enriquecimiento de la propia cultura. Pero para ello, reitero, resulta esencial potenciar el desarrollo genuino de aquellos sentimientos primarios como el de la afectividad. Nuestra patria ha sufrido durante estas ultimas décadas una profunda embestida colonial disfrazada de falsas promesas neo - civilizatorias. La liberación nacional resurge entonces como bandera y le cabe a los intelectuales un rol basal en las tareas de re - apropiamiento de lo nuestro. Pero sólo podrán asumir esta misión, si consiguen elaborar un legítimo y sincero proceso de vinculación con lo propio, en donde la disyuntiva puede establecerse según la siguiente dicotomía: afecto o repudio.
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