(Caracas, 24 de julio de 1783 - Santa Marta, 17 de diciembre de 1830)
Militar y polÃtico, libertador de América del Sur. Nació en el seno de una familia de la aristocracia criolla, con posesión de grandes recursos agrÃcolas y ganaderos. A los tres años quedó sin padre y a los nueve murió su madre. Vivió, a partir de entonces, teniendo como tutor a José Sans, jurisconsulto que le proporcionó profesores que cuidaron de su formación. Entre ellos, ejerce una influencia decisiva sobre él, Simón RodrÃguez, hombre ilustrado que habÃa asimilado las ideas de Rousseau y de la Revolución francesa y que acabarÃa siendo su tutor.
En 1799, BolÃvar viaja a España, donde estudia Matemáticas en la Academia de San Fernando. En 1802 viaja a Francia: aprende el idioma y contacta con las nuevas ideas polÃticas, sociales y filosóficas. Ese mismo año contrae matrimonio con Mª Teresa RodrÃguez del Toro: ocho meses después, muere la dama española. Para BolÃvar es un duro impacto. Volvió al viejo continente y viajó de nuevo por España, Francia e Italia, interesándose vivamente por la polÃtica: conoce sociedades secretas y a importantes personalidades, e ingresa en la masonerÃa. En 1807 regresa a Caracas; el movimiento independentista ya está en marcha.
Con el estallido en España de la guerra contra los franceses se forman, también en América, las Juntas Provinciales, base de su propia revolución. BolÃvar viaja a Londres y regresa con Miranda. Comienza el perÃodo insurreccional y todo se viene abajo con la conquista de Puerto Cabello por los realistas: la defensa de la plaza correspondÃa a Simón BolÃvar. Amargado se refugia en Cartagena de Indias y se entrega por completo a su formación teórica, polÃtica y militar. En 1812 prepara la invasión de Venezuela; consigue éxitos iniciales y un profundo avance: conquista Cucuta, Mérida y Trujillo. Obtiene el apoyo de numerosos cabildos -municipios con independencia del poder real- , pero BolÃvar es derrotado en los Llanos por Bobes y Morales en 1814. Tiene que emigrar a Jamaica, donde desarrolla una importante actividad literaria. Busca la ayuda extranjera en Inglaterra y en HaitÃ. En esos años, Fernando VII se reincorpora al trono español.
En 1816 realiza una nueva tentativa: su preferencia por la conquista de Caracas le hace cometer errores que posibilitan su derrota un año más tarde. Sin embargo se consigue al fin la unidad interna de los revolucionarios, eliminando el principal obstáculo de la independencia. BolÃvar consigue la alianza con Páez y los llaneros. Recibe apoyo económico de Inglaterra y algunos regimientos de voluntarios. En 1818 inició su avance, campaña tras campaña, hasta proclamar un año más tarde la independencia de Colombia y parte de Venezuela y fijar el esquema estructural del nuevo estado americano en el Congreso de Angostura de 1819. Inmediatamente arremete con la conquista de Nueva Granada: no tarda mucho en ocupar Santa Fe. Acontece entonces, en la penÃnsula, la rebelión de Riego, quien debÃa con sus tropas embarcar para restablecer la situación en América. En diciembre de ese año -1820- se proclama la República de Gran Colombia (Nueva Granada, Venezuela, Ecuador) y se nombra a BolÃvar su presidente. Un año después se completa la independencia de Venezuela y en 1822 la de Ecuador. BolÃvar se entrevista con San MartÃn -dirigente de la rebelión independentista en el Sur (Argentina, Chile...)- e impone sus criterios polÃticos republicanos. Consolida un sistema de alianzas, dotadas de gran efectividad, de los paÃses independientes y arremete la conquista de Perú, la que concluyen en 1824 con la batalla de Ayacucho. El proceso de liberación se considera concluido: Latinoamérica es independiente del poderÃo español.
La obra de BolÃvar se centrará en la tentativa de reunir las repúblicas independientes bajo una federación. Su fracaso se prevé desde el primer momento: el Congreso de Panamá sólo sirve para agudizar discrepancias entre los no demasiados asistentes. La unificiación era obstaculizada también por EE. UU. e Inglaterra, asà como por los intereses oligárquicos locales. El sistema bolivariano se frustra, no pasa de ser un proyecto sobre el papel y un débil intento en la realidad. Aparecen rivalidades internas que producen guerras civiles en las repúblicas e incluso enfrentamientos entre ellas, aparecen dictaduras militares... En 1830, se separan Nueva Granada y Venezuela; tres años antes ya lo habÃa hecho Perú y, dos nada más, Bolivia.
Simón BolÃvar presenta su dimisión como polÃtico y se retira, desilusionado y enfermo, a Santa Marta.
BOLIVAR Y SAN MARTIN.
El coronel Simón BolÃvar (1783-1830) habÃa nacido en Caracas, aunque de ascendencia vasca, pero habÃa sido educado según las ideas de la Enciclopedia y se afilió a la masonerÃa. Inglaterra le ayudó y pronto se puso en contacto con Miranda. En Caracas, BolÃvar y Miranda proclamaron la independencia en 1811, pero las fuerzas reales españolas al mando de Monteverde derrotaron a los rebeldes y tomaron prisionero a Miranda, al que deportaron a España, donde murió, prisionero en Cádiz. BolÃvar continuó la lucha y después de derrotar a los españoles en San José de Cúcuta, se apoderó de Caracas en 1813, donde le fue otorgado el tÃtulo de Libertador. Sin embargo, en 1815 sufrió una derrota que le obligó a buscar refugio en Jamaica. El hecho se debió a motivos de clase y polÃticos. Los criollos, es decir, los hacendados, apoyaban a los sublevados al frente de los cuales luchaba BolÃvar, pero frente a ellos estaban, los "llaneros", capitaneados por el español Boves, hombre de la llanura, campesinos pobres que se unieron a los realistas y vencieron en La Puerta y Aragua. La Junta de Bogotá, al frente de la cual estaba Antonio Nariño, fue derrotada por el general Morillo al frente de diez mil hombres, el cual pacificó Venezuela y se apoderó de Santa Fe de Bogotá y Cartagena de Indias. ParecÃa que la causa de la independencia estaba perdida cuando de la Argentina partió un nuevo empuje que las tropas realistas ya no pudieron detener. El caudillo de esta nueva etapa guerrera fue el general José de San MartÃn (1778-1850). Éste se habÃa educado en Madrid y tomado parte en la guerra contra los revolucionarios de la Convención y en la batalla de Bailén. En 1812 se fue a la Argentina, su patria, donde conoció a O'Higgins y en 1816 organizó el Ejército de los Andes, cuya primera acción fue atravesar la citada cordillera y derrotar a los realistas chilenos en la batalla de Chacabuco (1817). Al año siguiente, nombrado ya Director Supremo, proclamó la independencia de Chile, asegurada por el triunfo de Maipú. Partiendo de Chile y con una escuadra improvisada desembarcó en las costas del Perú, y en 1821 San MartÃn conseguÃa ocupar Lima, que las tropas del virrey La Serna habÃan abandonado. Aquel mismo año un Cabildo creado al efecto declaró la independencia del Perú. San MartÃn fue nombrado Protector del Perú y en 1822 se entrevistó con BolÃvar, pero las divergencias entre los dos jefes eran muy acusadas y llegaban a la rivalidad. Tanto era asÃ, que San MartÃn cedió el mando a BolÃvar y se marchó a Europa. Murió en Francia el año 1850. En 1819 BolÃvar habÃa derrotado a los realistas en Boyacá, victoria que le permitió conquistar Bogotá y Nueva Granada, alcanzando la independencia de la Gran Colombia. La victoria de Carabobo (1821) que le habÃa dado Venezuela, lo erigió en Libertador y jefe del Estado que en ella se formó. Por haberse sublevado Riego en España, el cuerpo expedicionario que debÃa reforzar a los realistas del Ecuador y Perú no llegó y le fue fácil a BolÃvar dominar, con ayuda de Sucre, todos los territorios de la Audiencia de Quito. El ejército español del Perú fue derrotado en 1824 en la batalla de JunÃn, y en el mismo año Sucre venció a los realistas en Ayacucho.
Independencia de Hispanoamérica
Tarde o temprano habÃan de separarse de España los pueblos que creÃan haber llegado a la mayorÃa de edad. El ejemplo de los Estados Unidos obraba como un aliciente fortÃsimo, pero fueron las doctrinas de la Ilustración, y de un modo especial el ejemplo de la Revolución Francesa, las que impulsaron a los criollos a desear la separación. A fines del siglo XVIII existÃa en América un ambiente de oposición a la polÃtica excesivamente centralista de los Borbones. Incluso se habÃan producido algunos conatos de lucha, como el caso del caudillo indio que se hacÃa llamar Tupac Amaru, y que al frente de grupos de indÃgenas luchó contra las tropas españolas en el Perú, pero todos los casos más o menos esporádicos fueron reprimidos con energÃa por los virreyes. Al mismo tiempo castigaron con gran severidad toda propaganda de tipo subversivo o liberal que se realizara en las colonias. Uno de los primeros intelectuales que empezó a sembrar la semilla de la libertad fue el colombiano Antonio Nariño (1765- 1823). Ya en tiempo de Carlos III, y más tarde durante el reinado de Carlos IV, los ministros que tuvieron cierta visión polÃtica, como Floridablanca, e incluso Godoy, aconsejaron a los monarcas españoles conceder cierta autonomÃa y sustituir a los virreyes por infantes de España, con lo cual la unión de los reinos americanos serÃa puramente personal y podrÃan elegir sus gobernantes y administrarse con cierta libertad respecto la burocracia española. Los soberanos se negaron a aceptar reformas fundamentales y aunque Carlos III permitió la libertad de comercio con numerosos puertos españoles, entre ellos el de Barcelona, con lo cual Sevilla perdió el monopolio que ejercÃa desde la conquista, las medidas adoptadas para hacer frente a un cambio polÃtico fueron escasas e inútiles. Los criollos, hijos de españoles que se sentÃan americanos, veÃan cómo iba cobrando importancia el comercio y prosperaba el paÃs que seguÃa en manos de "gachupines", es decir, gentes venidas de España al amparo de un nombramiento real. Por esta razón fueron casi siempre criollos, en general grandes terratenientes, los que dieron mayor impulso a los movimientos revolucionarios de independencia. Junto a ellos existÃan elementos intelectuales en contacto con las logias masónicas de Londres y Cádiz, encargadas de infiltrar la doctrina secesionista y liberal en los medios cultos de cada paÃs. Cuando España cayó bajo el poder napoleónico y se quedó sin rey, las colonias no quisieron reconocer a Bonaparte y aprovecharon la ocasión para crear movimientos separatistas que al principio sólo pretendÃan reformar la estructura de la administración. Tampoco aceptaron la autoridad de la Junta Suprema de España y crearon sus propias Juntas, que fueron el germen de los gobiernos independientes. Como la metrópoli no podÃa ni impedir ni dirigir este movimiento, los hechos se produjeron en los primeros momentos sin apenas resistencia por parte de las tropas realistas españolas, pero cuando Fernando VII recuperó el trono se produjo una violenta reacción contra el levantamiento y se formalizó la lucha.
FRANCISCO DE MIRANDA. HabÃa nacido en Venezuela (1756-1816) y fue un tipo extraordinario, mezcla de aventurero y hombre de armas. En el Ejército español habÃa alcanzado la graduación de capitán y cuando estalló la guerra por la independencia de los Estados Unidos combatió al lado de Washington para pasar luego a Francia y unirse a los girondinos cuando la Revolución. En 1806 intentó desembarcar en Venezuela para ponerse al frente del movimiento separatista que empezaba a actuar, pero los criollos no le secundaron por una razón digna de tenerse en cuenta: le apoyaba descaradamente Inglaterra. Los criollos deseaban cortar la unión con España, pero no someterse al dictado de otra potencia que, de haber triunfado en aquel momento Miranda, hubiese ejercido una influencia decisiva. Más tarde volvió a surgir esta figura y tomó parte activa en movimientos que luego se relatarán.
INTERPRETACIONES DE LA INDEPENDENCIA DE AMÉRICA. Hubo un tiempo en que los historiadores de Europa explicaban la independencia de América como el resultado ineludible d una ley biológica: los pueblos que alcanzan su mayorÃa de edad, los pájaros que crÃan alas y se alejan de sus padres. Tal habrÃa ocurrido con España y sus hijas americanas. Esta teorÃa respondÃa, en cierto modo, a un fatalismo histórico, a algo inexorable que obedecÃa a leyes biológicas y no habÃa podido evitarse. No obstante, pronto surgieron otras teorÃas. Las doctrinas racistas del conde de Gobineau y del inglés Chamberlain, que se fundaban en las diferencias de las razas para explicar los procesos históricos, hicieron creer, especialmente a los americanos, que la independencia de América habÃa sido producto del choque entre indios y españoles o criollos y españoles. Los nativos, por envidia, rivalidad o simple odio a sus padres, habrÃan hecho una revolución para ocupar los empleos que, de otra manera, no podÃan alcanzar. La teorÃa racista coincidió en cierto modo con la económica, nacida de las doctrinas de Carlos Marx y Federico Engels. Los americanos, según los creyentes en esta interpretación histórico-económica, estaban hartos de las prohibiciones comerciales que imponÃa la Madre Patria. El monopolio de los comerciantes de Cádiz habrÃa hecho pensar en la independencia del Nuevo Mundo y ésta se habrÃa realizado en los momentos en que España estaba en guerra con Napoleón y no podÃa dominar debidamente a los sublevados. Han creÃdo en esta doble interpretación los más eminentes historiadores de América y, en particular, de la Argentina, donde todavÃa es enseñada, como Bartolomé Mitre, Vicente Fidel López y otros muchos. A comienzos del siglo XIX surgieron otras interpretaciones. El francés Marius André creyó que América se habÃa sublevado y hecho independiente por amor a la religión católica, temerosa de que los ingleses alejasen el catolicismo y los americanos cayesen en el protestantismo o el ateÃsmo. Las guerras de México, donde los rebeldes eran acaudillados por los sacerdotes Hidalgo y Morelos, podÃan ser un ejemplo y una prueba. La teorÃa de André causó sensación, porque rompÃa con las tradiciones económicas y racistas; pero pronto se comprobó que no era exacta, que no coincidÃa con la realidad. La independencia del Nuevo Mundo, incuestionablemente, habÃa nacido de otras causas. ¿Cuáles podÃan ser? Como reacción aparecieron dos nuevas interpretaciones. Una atribuÃa a la sociedad secreta de la masonerÃa los trabajos que habÃan llevado a la independencia. Sus fundamentos eran firmes. Los grandes hombres de la independencia, como San MartÃn, Miranda, BolÃvar, Belgrano y tantos otros habÃan sido masones. Pero otra teorÃa significó la anulación de esta última interpretación. La independencia, aseguraron unos autores, nació en las conspiraciones de los jesuitas expulsados por el rey Carlos III en 1776. Para recuperar sus bienes y vengarse de un monarca adverso a la orden, habrÃan contribuido a producir la independencia del Nuevo Mundo. Fue, entre otros, un padre jesuita, el reverendo Padre Miguel Batllori, quien demostró la inconsistencia de esta tesis. En la Argentina, en torno al 1910, nacieron las primeras dudas sobre las tesis tradicionales. Fue el jurista José León Suárez quien expuso la teorÃa de que la independencia argentina no nació de causas económicas o raciales, sino de ideales polÃticos y que, en un principio, los americanos no estuvieron en contra de Fernando VII, sino a su favor. La independencia habrÃa surgido más tarde, al desengañarse los americanos de los propósitos fernandistas. Esta teorÃa encontró la oposición de los historiadores argentinos y americanos más destacados de aquel entonces. El doctor Ricardo Levene y otros, siguiendo a Mitre y a Vicente Fidel López, defendieron la vieja tesis economista y racista y, además, agregaron una teorÃa conspiracionista de polÃticos que se reunÃan en asambleas misteriosas y trabajaban por la independencia del Nuevo Mundo. El precursor Miranda los habrÃa guiado desde Londres con su correspondencia. Al mismo tiempo, en España, tomaba fuerzas otra interpretación. La Independencia de América habrÃa sido obra de los polÃticos ingleses. Para vengarse de la ayuda que los españoles habÃan dado a los colonos de la América del Norte en su lucha contra la Gran Bretaña, los ingleses habrÃan ayudado secretamente a los hispanoamericanos para separarse de España. La presencia de algunos ingleses en los ejércitos liberales de América serÃa una prueba confirmatoria. Los historiadores oscilaban entre las influencias indÃgenas, criollas, inglesas, francesas, económicas y masónicas, sin saber qué rumbo tomar. Las teorÃas de José León Suárez no eran compartidas por los defensores de tantas otras suposiciones. En 1940 comenzó a hacer oÃr una nueva interpretación el argentino Enrique de GandÃa. A su entender, ninguna de las teorÃas conocidas estaban en condiciones de explicar satisfactoriamente la génesis de los acontecimientos. La verdad es, según él, muy distinta y fácil de comprender. La familia real española estaba deshecha por sus disputas internas, originadas por la rivalidad que existÃa entre la polÃtica de Manuel Godoy y las aspiraciones del heredero al trono, el joven Fernando VII. El emperador Napoleón se aprovechó de esta división para su beneficio, atrayéndose a las dos partes y usurpando luego el trono de España para dárselo a su hermano José. El pueblo español primero se libró de Manuel Godoy, el "PrÃncipe de la Paz", por medio del motÃn de Aranjuez, en marzo de 1809 y en seguida se levantó contra los franceses, en Madrid, el 2 de mayo de ese mismo año. Y España, sin rey ni autoridades, comenzó a gobernarse por sà misma. En cada ciudad se formó una junta popular que regÃa los destinos de la comunidad. Era evidente que el poder de los reyes quedaba desbordado por un pueblo que ansiaba liberarse no sólo de los franceses, sino de la secuela fatÃdica de los borbones. Las juntas se levantaban sobre el principio de los derechos naturales del hombre. Los hombres son libres e iguales. Santo Tomás ha enseñado que Dios da el poder a los hombres cuando se reúnen en sociedad y que éstos pasan una parte de ese poder a un gobernante, hasta que se lo retiran si el gobierno no cumple sus mandatos. Sobre este principio se gobernó el pueblo español en su lucha contra los franceses. América recibió emisarios españoles que inducÃan a las principales ciudades a crear juntas como en España. Esto se conjugaba con la creciente necesidad de las colonias de liberarse de esa avasallante situación caótica que imponÃa sus reales en el comercio, en las actividades ecónomicas internas y en todas las manifestaciones de vida activa. Asà es como se intentó crear algunas juntas, pero los gobernadores y virreyes, que no querÃan perder sus empleos, no las aceptaron sino hasta muy tarde, cuando la Junta Central ya gobernaba a nombre de Fernando VII. La primera junta de este tipo en América fue instalada en Montevideo, por MartÃn de Alzaga, en 1808. Es interesante consignar que Alzaga, destacado combatiente contra las invasiones inglesas a Buenos Aires y sÃndico de esa ciudad, fue condenado por su actividad realista después de la instalación del Primer Gobierno Patrio. La instalación de juntas gubernativas en América se aceleró con la noticia de la caÃda de la Junta Central que obedecÃa a Fernando VII. El 19 de abril de 1810 se creó la Junta de Caracas y el 25 de mayo la Junta de Buenos Aires, luego de una fallida junta organizada por el mismo virrey Cisneros con el objeto de detener las pretensiones patriotas de gobierno propio. La creación de las Juntas en América, según GandÃa, no fue una solución definitiva. HabÃan seguido el ejemplo de España, es cierto, pero muchos polÃticos querÃan seguir el ejemplo diferente: la obediencia a un Consejo de Regencia que se habÃa instalado en Cádiz. Este consejo, ilegal, formado por su propia voluntad, sin el voto de los españoles ni de los americanos ni el conocimiento de Fernando VII, pretendÃa mandar sobre toda América. Para ello aseguraba a las autoridades existentes que las mantendrÃa en sus puestos. Es lógico que se apresurasen a reconocerlo y obedecerlo y se entablase, por tanto y en seguida, una lucha feroz entre los partidarios de las Juntas populares y los defensores del Consejo de Regencia. El historiador GandÃa ha señalado y destacado estos hechos como factores que presentan la antiguamente llamada revolución americana como una perfecta guerra civil. No hubo, según él, revolución en América en contra de España ni de Fernando VII. En todas las ciudades en donde se suspendió o echó a los virreyes fue por el odio que todos, españoles y criollos, tomaron hacia la situación existente en el gobierno español, en su dinastÃa real y a las arbitrariedades que dichos factores provocaban. Al mismo tiempo, al aclamar en todas partes a Fernando VII, se afirmaba la esperanza de conseguir una situación apta para el desenvolvimiento liberal de todos los territorios del tambaleante imperio español. Hay historiadores que creen en una posible "máscara de Fernando VII", es decir, en una simulación de innumerables polÃticos y todos los pueblos de América, que habrÃan proclamado su fidelidad a Fernando y habrÃan deseado, secretamente, la instauración de un sistema de gobierno independiente. Es evidente que ha habido ciertos americanos que en ello confiaban y perseveraban. El ejemplo de Mariano Moreno en el RÃo de la Plata es aleccionador. Pero en su conjunto, las condiciones para la independización total de los pueblos americanos de la dominación española aún no estaban a punto y por ello es que se produjeron tantas vacilaciones, incertidumbres y fracasos en las medias tintas del primer perÃodo independendista que podemos hacer extender, generalizando, hasta 1816. Por esta razón, los partidarios de la escuela "simulacionista" son cada dÃa menos. La independencia, según la tesis que ellos refutan, llegó cuando los americanos comprendieron que Fernando VII, de regreso al trono, en 1814, no querÃa permitir un sistema constitucional, ni una forma democrática de gobierno, aún dentro de una monarquÃa, ni un "status" conveniente para los pueblos e intereses de las antiguas colonias. Para vivir con libertad y constitución, como se ansiaba en España y sostenÃa el partido liberal, se declaró la independencia de toda América, de las "Provincias Unidas de la América del Sud", como consta en el Acta de la Independencia, en la ciudad de Tucumán, el 9 de julio de 1816.
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